Historia de las cosas de la vida cotidiana

Aquí vas a poder conocer la historia de todos los objetos y cosas que te puedes encontrar en tu día a día. Desde las más insignificantes hasta las más importantes. Entra, descubre y… ¡¡¡sorpréndete!!!:

Historia de las cosas de la vida diaria

Aunque el vestir cambiara, a menudo para complicarse, fueron pocos los aspectos de la vida cotidiana que mejoraron desde la Antigüedad hasta finales del siglo XIX.

En el ámbito de la higiene, por ejemplo, mientras que en la mayoría de las casas romanas se disfrutaba de agua corriente, en París en el siglo XIX, como en la mayor parte de las grandes ciudades europeas, el agua corrien­te era una rareza.

La higiene europea era deplorable, compara­da, por ejemplo, con la de los ciudadanos del Imperio Romano. Y cuando por fin se instaló el sistema de evacuación directa a la cloaca, ¡hubo un clamor de indignación! ¡Atentado contra la vida privada!, clamaron las gentes que se decían bien pensan­tes.

Tener fuego era una proeza en el París imperial, y cuando se inventaron las cerillas, resultaron realmente peligrosas y su mal olor ofendía la decencia.

El único progreso notable del que se benefició la vida cotidiana en Europa y en América a princi­pios de siglo pasado fue el alumbrado urbano, primero de gas, des­pués con lámparas de arco. Pero quien apartó definitivamente las tinieblas de las casas y de las ciudades fue el inventor de la bombilla eléctrica, el americano Thomas Alva Edison.

Hubo que esperar al período que siguió a la Gran Guerra, en el siglo XX, para que en las viviendas de las ciudades occidentales hubiese al menos la misma salubridad y confort que había en las casas romanas de hace veinte siglos.

Porque, aunque los olvidemos alegremente, los romanos, que sabían construir casas de varios pisos, habían inventado, por ejemplo, el ascensor y el aire acondicionado. Las cerraduras de la época de Cicerón sólo podían forzarlas salteadores exper­tos, y la calefacción central por canalización de aire caliente era un confort patricio hasta finales del siglo XIX, el cual permitía a los romanos no coger frío en sus casas cuando bajaban las tempera­turas.