Historia de las profesiones y trabajos

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Historia de los instrumentos de medida y matemáticos

Uno de los raros ámbitos de la historia de las invenciones en que se pone de manifiesto cierta continuidad es el de los instru­mentos y técnicas de medida y de observación.

Excepto en la Edad Media europea, período en el que casi no se produjo nada en este dominio porque una especie de quietismo cubría la cu­riosidad del mundo, los espíritus inquietos no han parado de organizar el inventario del mundo perceptible.

Desde el IV mile­nio antes de nuestra era, el tiempo se mide; desde el tercero, se mide la Tierra; desde el segundo, se pesan los cuerpos con una precisión creciente; en el siglo I, los chinos inventan el sistema deci­mal e Hiparco utiliza un teodolito para medir los ángulos redu­cidos en el horizonte.

La madre de este movimiento es la matemática; sus hijos: la mecánica, la óptica, la física, la química, la estadística. De este modo, el espíritu humano elabora un sistema de referencias exactas que capturan progresivamente las ideas de la percep­ción del mundo y las transforman en hechos.

Ya no se puede “tener la impresión” de que tal punto está más lejos o más cerca que otro, y que el viento sopla hoy más o menos fuerte que ayer, o incluso que la mortalidad ha variado en cierto sentido a partir de tal fecha.

Una de las invenciones más sorprendentes hasta finales del siglo XIX es la máquina de calcular. En principio, parece destinada únicamente a permitir un cálculo más rápido; por otra parte el objeto de la pascalina era aligerar los trabajos aritméticos de Pascal padre, y sin embargo, va a modificar la concepción de la lógica, posteriormente de la psicología, luego de la filosofía del conocimiento.

Su importancia únicamente la sobrepasa, en re­percusiones, la invención del reloj, que sustituye la noción obje­tiva del tiempo por la del tiempo interior o duración, fundada por Bergson.

Como instrumento de medida perfectamente ma­terial, el reloj indudablemente es, en este sentido, el único que ha modificado al ser humano en su interior, ya que en el siglo XX, la misma organización del tiempo medible impregnó la duración, mediante la automatización, la división del trabajo y las opera­ciones industriales simultáneas.

El reloj creó de este modo la impaciencia y el extraño sentimiento del aburrimiento en una travesía transatlántica que solamente dura siete horas de avión en lugar de dos mil horas como dos siglos antes.