Historia del bosque en España

A finales de la dominación romana, hacia el siglo IV, el estado de los bosques presentaba en España un balance negativo. Si en el siglo I se decía que una ardilla podía cruzar la península Ibérica desde los Pirineos hasta Cádiz de árbol en árbol sin tocar tierra, en el siglo V media España estaba ya desarbolada. En aquel tiempo muchas montañas carecían de cobertura vegetal por culpa del pastoreo, la minería, las rozas y talas, la creación de villas.

Atentos al peligro de deforestación que ya se barruntaba se tomó la primera medida conocida en el mundo antiguo: se introdujo la silvicultura (Grupo de actividades relacionadas con la explotación, cultivo y cuidado de los montes y bosques).

Pero no bastaba; para resarcir a la tierra del menoscabo sufrido era necesario un cambio de conciencia. Se plantaron entonces pinos piñoneros y castaños, y parece que data de los primeros siglos, en España, la introducción del ciprés.

Pero lo importante era una cosa: se tomó conciencia de la necesidad de reforestar, de repoblar extensas zonas. A aquel deplorable estado de cosas contribuyó el fin del paganismo, que había protegido y fomentado los bosques sagrados, muy numerosos en España (ver nuestro artículo la historia española). Un bosque sagrado fue Lugo y otros lugares de España como Usagre en Badajoz. La tradición antigua de divinizar o sacralizar los grandes espacios boscosos había contribuido eficazmente a salvarlos.

origen de los bosques de España

Pero no fue aquel hecho lo único que ayudó a conservar la masa forestal peninsular. Fue también un factor positivo el cese del comercio tras la caída del Imperio Romano de Occidente, hecho que supuso un freno a las talas indiscriminadas: no se vendía la madera.

Los visigodos supusieron asimismo un cambio de política forestal: Chindasvinto, a mediados del siglo VII prohibía en su Liber Judiciorum, origen del Fuero Juzgo, talar o quemar bosques.

La invasión musulmana del siglo VIII supuso una acción positiva al principio ya que Mahoma había igualado en bondad y práctica positiva siembra de árboles y obligación de la limosna: ambas cosas eran igualmente bien vistas por Dios y cosas que debía tener presente el hombre juicioso. La literatura árabe incluye obras con excelentes instrucciones forestales.

Como consecuencia de esta visión mejoraron algunas masas boscosas y aumentó la superficie arbolada. La Edad Media central ofrece mucha documentación sobre el trato dado al bosque. El geógrafo ceutí del siglo XII Edrisí dice en su Geografía universal que por el río Júcar se conducían pinos, también por el Cabriel, y que con la madera de los bosques de la sierra de Cazorla se hacían platos y cazuelas muy apreciadas en el norte de África. Habla asimismo de territorios cuya riqueza estribaba en sus montes.

Pero la reacción política a la invasión fue temprana, y aquellas luchas seculares por recuperar la España perdida tuvo su parte negativa: suponía la tala continua e indiscriminada de vegas y montes. A esto se unía la roturación necesaria para crear nuevas villas y poblados a que daban lugar los repartimientos y encomiendas.

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Pero como dice el Sabio: “nada en el desarrollo histórico es totalmente negativo”. Fruto positivo fue la necesidad de plantar frutales y de legislar para proteger el bosque y los campos. En el Libro de las Partidas, de Alfonso X, mediado el siglo XIII, se lee: Quienes cortan o destruyen árboles facen maldad conocida, y se castiga a quien queme un bosque con ser arrojado a las llamas que él mismo ha ocasionado.

Estas leyes bárbaras tenían efecto positivo en la protección forestal. Las Cortes de Valladolid de 1352 condenaban a muerte a quien arrancase árboles para dedicar el suelo a otros usos, y pena de azotes a quien derribara un pino o una encina. Asimismo, en la Corona de Aragón se protegía los bosques, y gracias a ello se recuperaron en el siglo XIV, como refleja el Libro de la montería, de tiempos de Alfonso XI.

Hay pragmáticas medievales que hablan de la necesidad de la repoblación forestal y aumento de los plantíos porque el bosque es como una parcela grande que debe rendir fruto. Un cúmulo de medidas protectoras de la masa forestal dio como fruto el que ya en el siglo XIV se repoblara el doble de lo que se talaba: ese tratamiento tenía por ley el pino piñonero. En aquella época se habla de los bosques como el refugio del lobo.

Pero no todo el monte era orégano, lo que beneficia a muchos acaso perjudica a otros, y como es sabido, a lo largo de la Historia se ha contemplado más el beneficio de unos pocos poderosos que el de la comunidad mayoritaria.

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Para el ámbito forestal emergió un peligro formidable: la Mesta. La ganadería trashumante en el XV fue el mayor azote que conoció el bosque. El pastoreo acababa con los brotes de nuevas plantas y árboles e impedía la regeneración natural, amén de que a su paso se endurecía el suelo (cómo por ejemplo el de la oveja). El pastor trashumante tenía derecho a cortar una rama de cada árbol para hacer su cabaña, y además quemaba parte del bosque para crear más pastos en otoño, a la vez que exigía paso franco por los caminos: las cañadas.

Amén de esto, la Mesta permitía que en el paso de montes y bosques se pudiera utilizar un pasillo de trescientos metros de ancho, de modo que el ganado apenas tenía obstáculos. Solo se prohibían cinco cosas: entrar en trigal, viñedo o dehesa y cruzar huerta y adentrarse en el llamado prado de guadaña, y meterse en las dehesas. El término dehesa procede del participio pasivo del latín defendere: defessa = defendido, por ser lugar de pasto de los ganados locales.

En el siglo XVI, aunque la legislación de montes de los Reyes Católicos era buena, factores ajenos hicieron que no se cumpliera. aumentó la roturación de bosques en las tierras de realengo y en los baldíos de la Corona.

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Finalizada la Edad Media sobre el panorama forestal se tendían densos nubarrones. La construcción de barcos chocó frontalmente con las políticas de reforestación. Puedes ampliar la información en la historia del barco.

Es cierto que los Reyes Católicos salieron al encuentro de este peligro prohibiendo en 1501 la exportación de barcos, pero aquello era un remedio muy relativo ya que la flota nacional de finales del siglo XVI había requerido para su creación de la tala de ciento veinte mil hectáreas.

También la flota iba a suponer un peligro para el bosque debido a una circunstancia: la vida de un buque no era superior al cuarto de siglo, por lo que se imponía renovarla cuatro veces cada cien años, y aquello requería un río de oro y… de madera (puedes ver qué es la madera), claro, nada menos que la monstruosa cifra de doce millones de metros cúbicos de madera labrada, y teniendo en cuenta que la tara suponía casi otro tanto, las cifras se disparaban.

Afortunadamente el siglo XVII no necesitó tal demanda, pero lo peor continuaba: los lugareños accedían al bosque y se aprovisionaban de leña para cocinar y calentarse, y tras ellos venía el pastor, y al final se transformaba la tierra en cultivo. Para el bosque todo eran amenazas y peligros.

La inseguridad de los caminos propició de manera indirecta la deforestación de extensas zonas en tiempos de Felipe II por iniciativa del virrey García de Toledo, que mandó quemar los árboles a ambos lados de los caminos reales para evitar saqueos de bandoleros.

Las crónicas de la época recogen lo desolador del paisaje en la región catalana. A la deforestación contribuyó mucho la demanda de madera para los astilleros. Pero aquello no era un peligro insalvable: sí lo fue el crecimiento de la población ya que la madera era el combustible de las casas para cocinar y calentarse.

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Cuando en 1570 se ordenó la realización de las Relaciones, se mandó incluir en el cuestionario preguntas relativas al uso de la madera en cada municipio, lugar y aldea y una descripción del estado de los bosques.

Todavía entonces quedaban extensos robledales en Castilla y León, y ricos encinares en Extremadura y Toledo. Pero Aragón y Murcia ya adolecían gravemente de falta de arbolado. En Madrid la deforestación era atroz: solo se salvaba la sierra de Guadarrama, los montes de El Pardo, la Casa de Campo y algunos bosques pertenecientes a la nobleza.

Por entonces la industria requería grandes cantidades de leña, pues un horno de fundición empleaba tres toneladas de carbón vegetal por cada tonelada de hierro producido, y a ese ritmo se acababa en un mes con los árboles de un kilómetro a la redonda, ya que el carbón mineral, aunque desarrollado en el siglo XVI no se generalizó hasta mucho después.

Era natural que el árbol fuera bien de primera necesidad. Carlos I mandó en 1518 plantarlos por todo el reino, y estimuló la formación de nuevos plantíos de monte y arbolado a la par que propugnó conservar los viejos.

En 1547 una ordenanza real dice: “Quien en Guipúzcoa o Vizcaya corte un árbol, ponga o plante dos previamente”. Y Felipe II escribía en 1582: Una cosa deseo ver acabada, y es lo que toca a la conservación de los montes y aumento de ellos, que es mucho menester… temo que los que vinieren después de nosotros han de tener mucha queja de que se los dejamos consumidos, y plega a Dios que no lo veamos en nuestros días.

Ante la costumbre perniciosa ya entonces implantada de incendiar el bosque Felipe II ordenó que no se dejase entrar a pacer en los montes quemados para evitar que los pastores vieran rentable prenderle fuego, medida que en nuestro tiempo se ha recuperado, aunque ahora en relación con la construcción.

El rey fomentó la repoblación forestal en la cuenca del Duero y tuvo presente la necesidad de poner coto a las continuas roturaciones de tierra y a las exigencias del pastoreo, siempre en aumento. Debemos decir que, de hecho, los reyes de la Casa de Austria trataron de recuperar la superficie forestal, en cuyo afán destaca la instrucción dada por Toribio López Bustamante en 1656.

Pero la crisis económica y la decadencia eran tales que las medidas tomadas para salir al paso dieron al traste con tan buenas intenciones, ya que repercutieron negativamente en el bosque. La necesidad de allegar dineros al Tesoro hizo necesario vender tierras realengas, por lo que cientos de pueblos pasaron de la Corona a la nobleza a mediados del XVII, y el cambio de propiedad, la nueva condición jurídica de las antaño tierras del rey o de realengo, a las de señorío hizo que se talaran los bosques que ahora estaban en manos privadas.

Con el cambio de dinastía en el año 1700 los Borbones heredaron una situación forestal catastrófica: apenas había bosques y la necesidad de madera inspiró medidas protectoras. El bosque se convirtió en una especie de cantera para carboneros y leñadores, para tallistas y carpinteros.

Felipe V ordenó una reforestación rápida. Amén de esto, la aparición en 1714 de la Marina Real hizo que esta institución tomara a su cargo la administración de ciertos montes. Iba a nacer la conciencia ecologista, conciencia que tomó impulso en 1719 con las ordenanzas alusivas a la defensa del pinsapar de Grazalema.

Más tarde se estableció una organización territorial para el fomento de los árboles, base del actual sistema administrativo gestor de los bosques. Fernando VI dispuso que la Marina se hiciera cargo de los montes próximos al mar y a ríos navegables (ver información sobre los ríos), y aunque parecía que aquello tendría efectos negativos dado el volumen de tierras envuelto, las medidas tuvieron repercusiones positivas debido a que contemplaban la obligación de plantar tres árboles por cada uno talado, de cuyo cumplimiento iba a ser garante la Marina como institución, siendo la misma Marina la que se comprometía a realizar siembra de árboles en los claros, y a marcar los árboles cuya tala estaba prohibida, como los robles gigantes del Valle de Ormoier en el Pirineo catalán.

Fernando VI promulgó la Real Ordenanza para el aumento y conservación de las masas forestales y plantíos en 1748, fecha en que se promulgaron las Reales Ordenanzas para el aumento y conservación de montes y plantíos, obligándose a cada vecino a plantar cinco árboles por año y a sembrar bellotas, castañas y piñones donde les fuera indicado por el corregidor local.  Entre otras medidas punitivas se castigó a los pastores que quemaban el bosque y apareció la figura del guarda forestal o guardabosques.

En 1755 el ministro de Marina Francisco Fernández de Sandoval promovió en la entonces provincia de Jerez de la Frontera la realización de un inventario de árboles. Uno de los hechos destacados de la historia forestal es la creación de la provincia marítima de Segura de la Sierra mediado ese siglo, instituida para proveer a la Armada de madera de roble, la más utilizada en los astilleros junto con la de pino.

En cuanto al siglo XIX, fue un siglo negro para el bosque español. La desastrosa desamortización de Mendizábal le dio la puntilla. Como los bienes subastados eran en su mayoría extensas fincas de monte, sus nuevos propietarios los talaron enseguida a fin de recuperar la inversión, al tiempo que otros roturaron las tierras para ponerlas a producir.

Introdujo cierta racionalidad en este problema Javier de Burgos, personaje a quien debemos la división de España en provincias. Fue él quien en 1835 dispuso las Ordenanzas de Montes poniendo coto a la tala de árboles derivada de la desastrosa desamortización, tala que había supuesto un aumento de la erosión del suelo debido a la acción corrosiva de las aguas, mengua de masa forestal que propiciaba terribles riadas. Puedes ver cómo se forma la lluvia.

Para poner remedio se reforestaron las cabeceras de las cuencas hidrográficas y de ríos como el Júcar o el Lozoya. En 1848 se creó la Escuela Superior de Ingenieros de Montes en el castillo de la villa madrileña de Villaviciosa de Odón, y poco después se creó el Distrito Forestal de Guadalajara, que iba a suponer la puesta en marcha de una administración forestal moderna. El ambiente regeneracionista de finales del XIX hizo decir a Alfonso XII: “Si yo hubiera de seguir una carrera, elegiría la de ingeniero de montes”.

También Miguel Primo de Rivera, en el primer tercio del siglo XX, hizo hincapié en la repoblación forestal. Tras la Guerra Civil de 1936 se restableció la vigencia del Patrimonio Forestal del Estado y se repoblaron más de tres millones de hectáreas, y por primera vez se plantaron más árboles de los que se talaron o quemaron.

De nuestro tiempo, ¿qué decir que el lector amable ignore…? Acaso debamos destacar la suavidad con que se trata a quien quema un bien principal comunitario como es el bosque, y la proliferación de los motivos aducidos por la chusma pirómana que destroza el patrimonio forestal verano tras verano.

Parcialmente culpable es la actividad ecologista de nuevo cuño, más atenta a cuestiones políticas que al estado de cosas en este ámbito. Que una mariposa o una araña determinada se alce con el protagonismo de su acción reivindicativa es un despropósito similar al de aquél que quisiera salvar los muebles antes que evitar el incendio de la casa. Ecología es voz griega cuyo componente semántico básico es oikos: la casa.

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1 COMENTARIO

  1. Buenas tardes. Me ha gustado el artículo y me gustaría intentar cuantificar la evolución de las hectáreas de superficie arbolada en España.
    1 Si en el siglo V la mitad de España estaba desarbolada y la superficie total es de unos 50 millones de hectáreas quiere decir que entonces unas 25 millones estaban arboladas.
    2 Luego en la edad media aumentó. ¿Se podrían haber alcanzado las 30-35 millones?
    3 Ahora tenemos unos 18 millones arboladas. Luego curiosamente en comparación con el siglo V la pérdida no parece tan enorme (sí en comparación con la edad media)
    4 Con respecto a final del siglo XIX hemos ganado (en esa época parece se llegó a unas escuálidas 10-11 millones.
    Sin embargo con respecto al año 1750 (catastro de Ensenada) no sé si hemos ganado o perdido.

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