Historia del baño

No hay nada como tomar un buen baño al llegar a casa después de un día duro de trabajo o estudiar, ¿verdad?. Pero tal vez nunca te has planteado cómo era esto en la antigüedad. ¿Sería muy diferente a ahora? En CurioSfera.com te queremos explicar la historia del baño, su origen, dónde surgió, las diferentes costumbres y significados que ha tenido durante el paso de los años. ¿Comenzamos?

Un historiador del baño, Lawrence Wright, asegura que a los pueblos se los conoce mejor por el uso que hicieron del agua que por el que hicieran de la espada. Y es una verdad incuestionable. Las diferentes civilizaciones han tenido multitud de peculiaridades respecto al aseo e higiene corporal, así como los utensilios que se empleaban. Vamos a conocerlos:

Índice de contenidos

El origen del baño

En el origen del baño hay elementos religiosos y sociales, no necesariamente vinculados con el aseo personal. Los baños colectivos surgieron al parecer en la India, en la ciudad de Mohenjo-Daro hace 5.000 años. Eran recintos pavimentados cuyas piscinas, albercas o piletas contaban con desagüe. Un pozo suministraba agua al baño principal y a los ocho baños menores hechos de ladrillo cocido e impermeabilizados con una capa de betún: se trataba de gigantescas bañeras o tinas.

También los babilonios practicaron el baño público en la desaparecida ciudad de Mari hace ya más de 4.000 años. Lo tomaban en grandes y lujosas salas la familia real, la nobleza y también parte del pueblo, como un ritual de purificación.

De una de las civilizaciones más antiguas, pacíficas y florecientes, Creta, nos ha llegado la bañera o tina más antigua conocida ya que data del año 1700 a.C. Procede del palacio de Cnosos, su parecido con las bañeras de principios de siglo XX es asombroso. Como también lo es el conocimiento que muestra en su sistema de distribución del espacio y suministro de agua. También de la civilización cretense se tiene constancia del primer retrete (ver historia del inodoro).

Del mismo modo, en la acrópolis de Tirinto, entre el año 1400 a.C. y el 1200 a.C., la antigua ciudad tuvo diversos recintos dedicados al baño, con tinas, albercas o bañeras de tierra cocida y desagües que corren a lo largo del pavimento de piedra.

El interés del mundo antiguo por el baño se relaciona también con la Medicina y la magia. Durante muchos siglos simbolizó el apego a las cosas del cuerpo. Mientras que por otra parte fue símbolo de purificación y tuvo carácter religioso: en Grecia se bañaba incluso a las estatuas de los dioses.

De este carácter sagrado, en algunos de los primeros pueblos antiguos derivó la costumbre de que la novia tomara un baño en una fuente especial para purificarse y conseguir la virtud fertilizadora del agua en vísperas de su enlace matrimonial. Ese mismo sentido tienen los baños lustrales en diversas religiones. Es decir, se bañaba a la novia antes del matrimonio y se lavaba al difunto antes de enterrarlo, cosa que todavía hace actualmente la religión judía.

Se recomendaba el baño para curar enfermedades del cuerpo y del alma, y era visto como remedio natural contra las depresiones, y contra la enfermedad en general: baños de tierra, para combatir la tuberculosis; de hojas de abedul, contra el reumatismo y la hidropesía; baños de heno, o de saúco, contra el dolor de huesos y como remedio natural para las hemorroides baños de salvia. Y como norma higiénica se recomendaba lavar las manos, la cara y el cuello.

Como curiosidad, algunos pueblos como el judío, hicieron del lavatorio de manos antes de la comida, y del baño en las mujeres tras el periodo menstrual, ley de obligado cumplimiento. También te puede interesar cómo lavarse las manos correctamente.

Historia del baño en el Antiguo Egipto

Las clases sociales más adineradas del antiguo Egipto, disponían de varios esclavos que se exclusivamente se dedicaban a bañar a sus señores. Los baños egipcios se realizaban con agua, aceites y perfumados ungüentos, de los que tan solo los sacerdotes conocían la receta para su elaboración. Se pensaba que, al igual que el arte de la escritura y la química, los ingredientes y las cantidades a emplear les eran revelados por el dios Thot.

Estos tipos de “aceites sagrados” protegían y humedecían la piel de los egipcios, que era duramente castigada por el tremendo calor de un clima tan implacable. Pese a que existían grandes diferencias entre las clases sociales, casi ningún ciudadano egipcio renunciaba a tomar su baño diario.

Las damiselas jóvenes de clase alta, esperaban su baño de rodillas en una alfombrilla fabricada con juncos. Dicho aseo era realizado por esclavas que volcaban agua perfumada con azafrán (ver historia del azafrán), mirra o canela, sobre sus cabezas. Mientras tanto, otra sirvienta untaba sus cuerpos con aceites y ungüentos. Posteriormente, se frotaba su cuerpo con manojos de flores para que su perfume se impregnara. Tan suntuoso acto finalizaba con una serie de guirnaldas florales, que venían a simbolizar la belleza y frescura.

No es de extrañar que por causa del clima en el que vivían los egipcios, en ocasiones tomasen baños más de una vez al día. Los ciudadanos que no eran tan adinerados pero que contaban con recursos, usaban otro sistema. Y es que, aunque no tuvieran acceso a bañaderas, lo hacían con un método parecido al de las actuales duchas. Este efecto “lluvia” del agua se conseguía pasando el líquido elemento a través de los agujeritos de una especie de cestillo.

Cómo no existía el jabón en el Antiguo Egipto, empleaban una hierba jabonera (la saponaria), junto a grasas animales y aceites perfumados, que era utilizada como jabón. Del mismo modo, algunos disponían de estanques centrales en su hogar que empleaban para sumergirse en sus aguas al atardecer.

Pero los más pobres, debían conformarse con llenar con agua unos baldes y echárselos por encima. También era habitual bañarse en el gran río Nilo (puedes ver los ríos más grandes del mundo). Incluso los más humildes, se hacían una friegas con arena para eliminar de sus cuerpos la suciedad. También lo había que simplemente humedecían su piel con una mezcla aceite de ricino con orégano y menta.

Caso aparte era el famoso baño de Cleopatra. La Reina Cleopatra empleaba leche de burra y miel para llenar su bañera y posteriormente se bañaba y sumergía en ella. Además, sus sirvientes añadían manzanilla y agua de azahar, para que disfrutase de sus conocidas propiedades relajantes y aromáticas.

Historia del baño en la Antigua Grecia

En la Grecia clásica, y antes en la Grecia homérica, el uso del baño estaba generalizado. El escritor y poeta griego Homero habla de bañeras de arcilla, de tinas de madera e incluso de plata. Describe el lujoso baño de Ulises en su palacio de Alcinóo, a la derecha del salón principal, junto al departamento de las mujeres.

También en esa época era costumbre ofrecer un baño a los huéspedes. Los héroes homéricos reponían fuerzas tomando largos baños y duchas de agua caliente. Ese concepto actual apareció con los griegos.

El baño tenía vinculaciones con la Medicina: Eurípides (484 a.C.-406 a.C.), en su tragedia Ifigenia en Táuride, dice: Zálassa de klidsei panta ánthropon kaka (“El mar lava y cura todos los males de los hombres”). Puedes ver historia de la medicina.

Los giegos fueron los primeros en considerar que el baño y la natación ponían en forma el cuerpo humano. “Ponte en forma” es eslogan griego. Fueron los primeros en hablar de modelar el cuerpo, de estética física, de imagen corporal, y en el siglo V a.C. fomentaron el gimnasio, entre cuyas dependencias figuró el baño. Como curiosidad, fue entonces cuando la gente empezó a reírse de los gordos; con anterioridad no hubo prevención contra la obesidad, sino acaso todo lo contrario.

Grecia marcó la diferencia ya en tiempos de Pericles, aunque los baños no fueron solo una institución localizada en Atenas y algunas otras ciudades; también Cartago tuvo grandes y lujosos baños públicos donde se hacía vida social. No obstante estos antecedentes prestigiosos, fueron los romanos quienes convirtieron el baño en una institución de primer orden e hicieron de él una costumbre social.

Historia del baño en el Imperio Romano

El emperador Romano Lucius Septimius Bassianus (188-217), también conocido como Caracalla,  en el siglo III creó baños con piscinas de agua caliente, templada o fría. Complejos edificios que contaban con baños de vapor, salas de masaje, recintos para el masaje corporal y la manicura, sala de ejercicios atléticos, etc. Eran muy similares a nuestros modernos gimnasios, con una excepción, los baños clásicos incluían biblioteca, sala de conferencias e incluso pinacoteca.

Los baños romanos eran de una gran sofisticación, y allá donde fueron llevaron la costumbre higiénica y deportiva del baño público, construyendo enormes piscinas e incluso pequeños lagos y estanques artificiales.

También servían para mejorar la salud. El naturalista e historiador Gayo Plinio Segundo (23-79), también conocido como Plinio el Viejo, curaba su asma en la bañera. La institución de las termas estaba ya bien perfilada en tiempos de Catón y Escipión. Suponían un paraíso de salud, un reino del ocio donde además del agua caliente y fría se podía disfrutar de la sauna en amena conversación, o practicar ejercicios gimnásticos y juegos, si es que no se prefería recrearse en la lectura o en celebrar un banquete con los amigos. Era una institución importante.

Muchas familias poseían baño en sus casas, aunque a menudo preferían frecuentar las termas, donde podían recibir los masajes de manos de expertos, o las friegas de aceite y ungüentos, o perfumarse tras la sauna con bálsamos y perfumes exóticos traídos a Roma desde los confines del Imperio. Puedes ver la historia del perfume.

Sus bañeras eran de mármol, ónice, pórfido, bronce e incluso de plata. Se podía también tomar el baño sentado en las llamadas solium: de las mil seiscientas bañeras que había en las termas de Caracalla, doscientas eran de esta modalidad, 1800 años antes de que Griffith inventara en 1859 el sillón de ducha.

Con la caída del Imperio Romano y la irrupción de los bárbaros prácticamente se abandonó el baño público y privado. Algo que supondría un retroceso en la historia de los baños. Pero acaso nadie llegó tan lejos en el uso del baño como la civilización romana.

Puedes ampliar la información sobre los baños y la higiene personal en la Antigua Roma en el siguiente audio:

Historia del baño en la Antigua Europa

Como acabamos de comentar, con la caída del Imperio Romano el uso del baño se perdió en gran parte, pero no desapareció. En parte de Europa hubo casas de baño, y en la España musulmana estaba extendido su uso: las casas de la burguesía y de la nobleza mora y judía tenían aposentos destinados al aseo corporal.

Otra cosa era la Europa cristiana. El baño caliente fue visto por la Iglesia como un peligro para la castidad, ocasión de pecado, excitador de los sentidos, y se llegó incluso a recelar del contacto con el agua. Clemente de Alejandría (150-215) sólo permitía el baño a las mujeres una vez al mes (por razones obvias). San Agustín solo autorizaba a sus monjes un baño caliente al mes, y el baño de agua fría para dominar y apaciguar las pasiones.

En la Edad Media se distinguía entre dos tipos de baños: los calientes o termales y los de agua fría. Era natural que se oliera mal: sólo los perfumes paliaban la situación, pero eran caros, por lo que se distinguía al pobre del rico por el olor: de esa circunstancia dicen algunos que procede la frase “olerse a uno”: los pobres apestaban. Pero el baño arrastraba mala fama todavía incluso en el siglo XVI. Puedes ver la historia del agua de colonia.

Sin embargo, Francisco I de Francia (1494-1547) dedicó al baño un cuarto precioso en su palacio, de cuyas paredes colgó un cuadro que compró en 1517 a Leonardo da Vinci: La Gioconda. Esta obra de arte adornó primero un cuarto de aseo de un salón palaciego antes de estar en un museo.

Entre los personajes famosos por su aversión al baño, sobresalió a mediados del siglo XV Luis XI de Francia (1423-1483) apodado “el Prudente”. Se bañó una sola vez en su vida por prescripción del médico de la Corte, Coictier, que le obligó a hacerlo, y para llevar a cabo el baño real se instaló en palacio una bañera “donde el rey pudiera dar dos brazadas”. Dos nobles caballeros restregaron a la real persona con estropajos y jabón con orden de no parar “hasta que se pudiera ver la color de su piel”.

Se dice que Isabel I de Castilla (1451-1504) juró no mudar de camisa hasta conquistar Granada, pero no es cierto: Isabel I era una de las pocas personas que se bañaban en Europa a finales del XV. Quien prometió no bañarse fue otra Isabel: la hija de Felipe II, Isabel Clara Eugenia (1566-1633), que no quiso cambiarse de camisa hasta que sus tropas pusieran fin al asedio de Ostende (actual Bélgica), que duró tres años.

En los siglos XVII y XVIII hubo algunas casas de baño con bañeras, pero no se les daba mucho uso: el rey Luis XIV de Francia (1638-1715) sólo se bañaba cuando estaba enamorado; se lavaba la cara como los gatos, saltaba de la cama y se frotaba el rostro con un paño humedecido con perfume.

Fundada el año 1725 por el rey Jorge I de Gran Bretaña(1660-1727), encontramos “La Honorabilísima Orden del Baño”, pero se refería a un grupo de caballeros que tenían como privilegio acompañar al rey en el baño de purificación que precedía a la coronación real.

Los nobles de Versalles (Francia) se limitaban a mojarse la punta de los dedos con agua de rosas o unas gotas de zumo de naranja. Por entonces se inventaron en Francia las bañeras con desagüe. Por aquella época, 1780, andaba por París el inventor del pararrayos, Benjamin Franklin (1706-1790), quien quedó tan impresionado con aquella bañera que en ella redactó casi todos sus papeles científicos y literarios, y se llevó varias a Estados Unidos. Pero tardó algún tiempo en generalizarse su uso.

Entrado el XIX ni siquiera las casas de la nobleza, incluidas las mansiones reales, poseían bañera o tina. Cuando la reina Victoria I de Inglaterra (1819-1901) subió al trono en 1837 no había ni una sola bañera en el Palacio de Buckingham.

Sin embargo, unas décadas después, en 1868, el inglés Benjamin Maugham inventó el baño de agua caliente a gas, y todo hacía pensar que el baño se haría popular, pero desafortunadamente un día hizo explosión el calentador y envió a bañera y bañista al otro lado de la habitación, donde aterrizaron sumidos en la perplejidad. La gente no quiso oír hablar de semejante artilugio y prefirió comprar el agua caliente que se vendía a domicilio.

Como anécdota, el año 1825 en Francia, el propietario de unos baños termales (Stanislas Baudry), para hacer que los ciudadanos pudieran acceder a su negocio situado en las afueras de la ciudad inventó uno de los medios de transporte más utilizados hoy en día: el autobús. Puedes ver la historia del autobús.

Por entonces empezaba a ponerse de moda en París el baño a la carta. Se podía escoger entre un menú variadísimo: baño de azahar, de miel, de esencia de rosas, de bálsamo de la Meca, de leche, de vino, de esencia de flores silvestres.

El baño y la piscina resucitaron en el XIX por motivos deportivos. En 1837 se celebró la primera competición de natación en Londres y este deporte cobró adeptos. Además, el popular deporte del waterpolo, que se practicaba ya en 1859 en Inglaterra, requería infraestructuras y era necesario dotarlo de medios, y como consecuencia resucitó el gimnasio y la natación se puso de moda, con la travesía del Canal de la Mancha en 1875 por el inglés Webb.

En 1896, en los primeros Juegos Olímpicos modernos la natación figuró con tres pruebas: los 100, los 500 y los 1.200 metros. En el año 1899, con el primer campeonato mundial de natación, celebrado en la piscina Deligny de París, los europeos se familiarizaron con este tipo de establecimientos.

En cuanto a los baños de mar, es un fenómeno social que apenas tiene siglo y medio de antigüedad. Por ejemplo, en 1860 el médico italiano Barrelay fundó en Viareggio la primera colonia infantil para llevar niños al mar. Pronto se vio que era excelente terapia para las personas de edad. Esta convicción médica, acompañada de ciertos logros sociales para las clases proletarias, como las vacaciones pagadas, y el invento del ferrocarril, hizo posible que se desplazaran grandes masas de gente a las orillas del mar. Se le concedió gran valor higiénico e incluso medicinal al agua salada. Puedes ver por qué el agua de mar es salada.

No debe sorprendernos pues, que un asunto como el del baño y la higiene corporal haya dado origen a multitud de anécdotas. Como por ejemplo la de la obra de René Gardi, Velos azules en la que se dice sobre los tuareg del desierto del Sahara que no se lavan en toda su vida, lo cual contribuye a que el viento y el sol oscurezcan su piel. Tienen prohibido el contacto con el agua porque según ellos trae enfermedades: las abluciones coránicas las efectúan con arena. Tampoco lavan sus vestidos por temor a que destiñan. Algunas veces las mujeres sumergen en agua las prendas blancas…, pero no todos los años. En el Egipto de 1950 las clases populares no lavaban a un recién nacido hasta pasados dos meses; y si era niña: hasta cumplir tres años.

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Esta ha sido la historia del baño y así te la hemos explicado. En CurioSfera.com deseamos que te haya sido útil y amena. Si quieres ver más artículos similares, deseas obtener más respuestas o ver otras curiosidades históricas y datos peculiares, te animamos a que te visites nuestra categoría de Historia. Pero si te resulta más cómodo, directamente puedes escribir tus preguntas en el buscador que tienes a continuación. Y recuerda, si te ha gustado, dale un me gusta, compártelo con tus amistades y familiares, o deja un comentario. 🙂

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