Historia del antiácido

¿Quién no ha experimentado alguna vez el malestar de una mala digestión? Nadie. Sin embargo, la frecuencia de este trastorno es hoy muy inferior a lo que fuera en otras épocas. Así, debido a su dieta en alimentos crudos, el hombre primitivo padecía gravísimas indigestiones y trastornos gástricos que a menudo acababan con su vida. En CurioSfera.com queremos explicarte la historia del antiácido.

No sorprende, pues, que uno de los primeros objetivos de la Medicina antigua fuera paliar tales y terribles estragos. De hecho, entre los primeros documentos médicos hallados en escritura cuneiforme, sobre tablillas de barro cocido, se da fe de cuán abundante era el problema entre los asirios y sumerios de hace cinco mil años.

Los primeros antiácidos, remedio contra la indigestión o acidez de estómago, se elaboraron con sustancias alcalinas. Con anterioridad a este hallazgo empírico los médicos del mundo antiguo recomendaban consumir leche y hojas de menta piperita. En ausencia de esas sustancias, los carbonatos podían paliar el problema. Tal vez te interese saber remedios para el estreñimiento. Se sabía que estos remedios inhibían la producción de pepsina, poderoso componente del jugo gástrico culpable de la irritación de las mucosas del estómago (ver diarrea amarilla)

Entre los sumerios era frecuente recetar bicarbonato de sodio, remedio casero que se ha utilizado eficazmente desde la Antigüedad hasta al menos 1873, en que apareció la leche de magnesia Phillips, invento del químico aficionado norteamericano Charles Phillips, fabricante de velas y cirios de iglesia, curioso personaje que combinaba para la obtención de su famosa “leche” un antiácido en polvo y magnesia laxante. Quizá quieras saber cómo curar llagas bucales.

Aquello suponía un logro revolucionario de efectos automáticos: tomado en dosis pequeñas calmaba las molestias estomacales. Así fue como el reinado de la leche de magnesia del señor Phillips llegó indiscutido hasta 1931, en que otro compatriota suyo descubrió el Alka- Seltzer, cuyas pastillas servían para todo: la gripe, quitar el dolor de cabeza, los mareos, la acidez de estómago e incluso se dijo que podía dar nuevos bríos a la masculinidad decaída.

Con anterioridad a ambos inventos, el francés Valentin Rose había descubierto en 1801 el bicarbonato de sosa. Rose dio con ello observando que muchas aguas minerales, como las de Vichy, donde él acudía, eran ricas en ácido carbónico. No tardó Rose en constatar que aquél era un producto indicado como antiácido, ya que además tenía virtudes tonificantes que, si no curaban, al menos paliaban síntomas y efectos negativos de una mala digestión. Puedes ver diferencia entre alergia e intolerancia alimentaria.

Pero, como decíamos, fueron los Alka-Seltzer los que se llevaron el gato al agua en el primer tercio del XX. Entre los componentes del revolucionario hallazgo estaba también la aspirina. El producto llegó a oídos del director de los laboratorios Miles, Hub Beardsley que por entonces sufría graves indigestiones debido a la gula y algún que otro “problemilla” de salud (ver cómo curar las hemorroides).

Por este motivo, decidió llevar consigo las famosas tabletas en un crucero, encontrando en ellas la solución a su problema, por lo que se erigió en apóstol del nuevo producto propagándolo en campañas publicitarias masivas que dieron a conocer este antiácido, que en 1933 era ya universalmente utilizado.

La popularidad del producto fue en aumento a partir de 1970, en que se retiró de su fórmula uno de los ingredientes: la aspirina. Entre los nuevos ingredientes químicos de los antiácidos, como el aluminio, el bismuto, el fosfato, el magnesio y el calcio sólo queda como elemento de la fórmula antigua la leche en polvo, que sigue utilizándose hoy en día.

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