Historia del acuario

La palabra acuario se empleaba ya en el siglo XIII principalmente en relación con el signo astronómico de ese nombre. Su acepción de depósito de agua donde se tienen vivos y visibles animales o plantas estaba también generalizado en el mundo clásico. En CurioSfera.com te queremos explicar la historia del acuario de peces.

En la antigüedad se trataba de un concepto utilitario. Era costumbre mantener un aquarium con peces comestibles como hoy tenemos un gallinero para disfrutar de huevos frescos o una huerta para disponer de hortalizas. Puedes ver nuestro artículo sobre los productos de la huerta.

Los romanos utilizaban contenedores de arcilla donde mantenían los peces destinados al mercado. La costumbre antigua llegó a la Edad Media, en que los monasterios destinaban charcas y albercas a la cría y ceba de peces de agua dulce. En Roma también se empleaban tiempo y dinero en la construcción de estanques que llenaban de especies caras y poco conocidas. Algo parecido a un estanque natural.

Son numerosos los lugares donde en criaderos antiguos de peces se ha conservado una cierta riqueza piscícola, a menudo de especies sólo conocidas en la zona. Pero el término alude también a otros usos: mantener en cautividad peces de rara belleza es uso antiguo.

Por entonces los chinos experimentaban con peces ornamentales para hallar un tamaño idóneo para introducir en recipientes: así por ejemplo, se domesticó la carpa dorada. Es antiguo el uso ornamental del acuario en China y Japón, donde se instalaban incluso como parte de un mueble de formas caprichosas y lujosas, o como parte principal de sus jardines y parques.

En Europa se puso de moda durante el romanticismo científico, entre 1859 y 1880. Julio Verne publicó en 1869 Veinte mil leguas de viaje submarino, obra que despertó el interés por la fauna acuática y repercutió en el surgimiento del acuario. A mediados de ese siglo hubo acuarios para estudio y observación de peces en casas privadas, jardines zoológicos y escuelas.

Ese uso moderno de mantener recipientes cerrados con peces o plantas fue posible tras resolver los naturalistas británicos el problema de conservar el agua sin la necesidad de tener que renovarla constantemente.

Éstos, con sir Harry Johnston a la cabeza, encontraron el medio de mantener peces y plantas en acuarios de salón al descubrir la ley de la compensación entre la respiración animal y la nutrición atmosférica vegetal o respiración clorofílica. Hallazgos comunicados a la Sociedad de Químicos de Londres en 1850 por el científico J.Warrington en experimentos llevados a cabo en agua dulce, y poco después por Philip Henry Gosse en agua salada.

Fue entonces cuando se supo cómo facilitar la respiración a los seres vivos acuáticos y se comenzó a construir acuarios de salón, sobre todo cuando tres años después la Sociedad Zoológica de Londres inauguró el gran acuario del Regent’s Park. También te puede interesar saber cómo respiran los peces.

La práctica no tardó en pasar al viejo continente: a Francia llegó en 1862, cuando se construyó en el parisino Bosque de Bolonia, un acuario espectacular para la época. Se trataba de receptáculos de forma y disposición muy variada, dependía del gusto e imaginación de su destinatario y de las condiciones a las que tuviera que amoldarse.

Los primeros acuarios, elaborados en Londres y París estaban constituidos por vasijas de cristal de forma elegante. También hicieron furor los cajones de arcilla o madera calafateados y revestidos en su interior de cemento con gruesos cristales laterales. Hubo acuarios de arcilla cocida, de barro-piedra y sobre todo acuarios de cartón piedra capaces de satisfacer cualquier capricho.

Se exhibían sobre pedestal o plataforma; en cuanto a la vegetación preferida se recomendaba plantas aromáticas como el sándalo o el mastranzo, haciéndose hincapié en que el sol diera en el acuario parte del día para que se desarrollara cierta vegetación.

En el fondo se colocaba arena gruesa y sobre ésta una capa de carbón vegetal sobre la que a su vez iba una tercera capa de arena, con pequeñas cuevas en los ángulos. En el centro se colocaba un surtidor a fin de procurar una corriente de agua que mantuviera en circulación la del depósito y así airear la masa líquida.

Muchos se preguntan por qué llamamos piscina al reservorio de agua que instalamos en el jardín para bañarnos. A este respecto conviene recordar que en tiempos pasados el término nombraba cosas muy distintas a las que hoy describe.

Se llamaba piscina en los Siglos de Oro al lugar donde se echa los materiales o elementos relacionados con el culto divino, como el agua corrompida de la pila del bautismo o las cenizas procedentes de la quema de paños sagrados estropeados.

Era uso derivado del léxico religioso antiguo, como el de “piscina probática”, que en el mundo religioso judío aludía a cierta piscina que había en Jerusalén cerca del templo, para lavar o purificar a los animales que iban a ofrecerse en sacrificio.

Sorprende que de tales significados se haya pasado al actual. La misma perplejidad presenta Sebastián de Covarrubias en su Tesoro de la lengua castellana (1611) cuando escribe bajo la voz “picina”, que era la forma que presentaba el término en la época: “Latine piscina, a piscibus, aunque de ordinario en las piscinas no se cría ninguno, y así se ha de tomar a contrario sensu”.

Es decir, que el nombre nada tenía entonces que ver con el concepto, aunque se equivoca Covarrubias, ya que en origen ‘piscina’ significó estanque, vivero de peces y cisterna que se hacía en el jardín para tener pesca, sentido que todavía daba al término Gaspar Melchor de Jovellanos a finales del XVIII: “Era inmensa la utilidad que daban los palomares, torderas, piscinas y otras granjerías semejantes”. El concepto de piscina para bañarse es del XX, ya que antes asumía el concepto el término balneum en la tradición grecolatina de baño.

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