Historia de los Impuestos

El escrito más antiguo que se conserva que hace alusión a los impuestos es del sabio indio Manu. Y aunque tiene treinta siglos de antigüedad, parece que se escribiera ayer. Dicho documento dice: Para que la dura obligación de pagar impuestos no sea injustamente sentida, los tributos deben contemplar el total de los ingresos, porque no es justo que el ciudadano que gana cien rupias pague el 10 por ciento, y que pague también ese porcentaje quien gana mil e incluso diez veces mil.

Una vez dicho esto, se sabe que lo primero en gravarse con impuestos fue la tierra como fuente única de riqueza, o la más importante. Después se gravó el comercio, la actividad liberal como el arte y la medicina y por último el trabajo manual.

En contra de lo que se piensa, los primeros tributos en la historia de los que se tiene constancia no fueron impuestos abusivos. Nada más lejos de la realidad.

Es más bien un hecho tardío que los gobiernos se sirvieran exclusivamente del impuesto para mantener en pleno funcionamiento toda la maquinaria del Estado.

Los reinos poseían antaño recursos suficientes para su acción de gobierno. Cuando necesitaban ingresos extraordinarios ponían impuestos a las minas, a los países conquistados o más débiles, o se obligaba a los ciudadanos ricos a “hacer regalos al Estado”.

Si no era suficiente, se gravaba con impuestos las mercancías entrantes o salientes. O también los productos que se compraban, en cuyo caso pobres y ricos pagaban lo mismo. Todo era cuestión de hacer bien los números. Tal vez también quieras leer: el origen de los números.

Roma creó el impuesto de capitación, cuya recaudación se vendía o subastaba entre los ricos banqueros que adelantaban el total de la cantidad y procuraban luego que no escapase nadie: pobres, campesinos, vasallos, colonos, gente sometida por derecho de conquista. Así pasó en Grecia y en Roma, y así sucedió en Egipto y Babilonia.

Tras la caída del Imperio Romano el mundo volvió a una economía de subsistencia. La vida regresó al campo y el sistema impositivo retrocedió. Comenzó a pagarse en especie: partes alícuotas de cosecha o ganado, porcentajes que percibía el señor de vasallos y colonos arrendatarios de sus tierras.

historia de los tributos

El señor natural podía ser un noble, un eclesiástico o el rey mismo. Los tributos se imponían por el concepto de ocupación o uso de tierras de señorío, de patronazgo real o de propiedad alodial o comunal. Nada escapó a la voracidad feudal.

Como prueba de ello, a continuación te mostramos el siguiente listado con la gran parte de los impuestos que se podía llegar a pagar:

  • Quien tenía uno o varios caballos pagaba el derecho de cabalgada
  • Si se poseía un rebaño, para que pudiera pastar se pagaba el herbaje
  • Quién tenía un terreno que quería sembrar, pagaba el terrazgo
  • Para regar las tierras se pagaba la hecha
  • En concepto de limpieza de acequias se pagaba la alfardilla y el acequiaje
  • Quien tenía un rebaño, sólo por tenerlo pagaba el borraje
  • Quien vendía un caballo en la feria pagaba la cuatropea
  • Si se pasaba por un monte, el montazgo
  • Si la tierra por donde se asaba pertenecía a un castillo cercano se pagaba la castillería
  • Por trasladar un buey se pagaba el boalaje
  • Estuviera como estuviere el camino se pagaba en concepto de reparación de la vía la sextaferia
  • Quien importaba o exportaba un bien personal pagaba el almojarifazgo
  • Si se guardaba en una lonja pública la mercancía se pagaba la alhóndiga
  • Por recoger frutos secos en el bosque se pagaba la almaja
  • Si tenías una casa pagabas por el solar el impuesto de infurción
  • Por edificar se abonaba el impuesto del alajor
  • Si la casa tenía chimenea se pagaba el tributo de humaza
  • El impuesto de fogaje daba derecho a tener fuego en una sala
  • Al pasar con el ganado por un municipio se abonaba la alcaidía y recuaje. Y si eran carneros, el carneraje.
  • Si alguien dejaba en tu establo un animal y quería sacarlo a pastar con los tuyos pagaba la arreola
  • El simple hecho de tener ganado se gravaba con la jineta
  • Ir de un sitio a otro en carro tenía un impuesto de circulación o rodaje
  • Con los impuestos directos e indirectos se contribuía al mantenimiento de fortalezas y defensas del territorio
  • Quien quisiera escaparse de pagar impuestos pagaba la anúteba o tributo por el que el señor feudal hacía la vista gorda.
  • La finta era un impuesto anual que se pagaba en momentos de necesidad del señor, cosa que sucedía con regularidad.
  • La manlleva se recaudaba a domicilio: un oficial del señor de la zona enviaba a un individuo uniformado para recaudarlo.
  • Se pagaba el monedaje sobre bienes muebles y raíces
  • De los beneficios obtenidos se abonaba al rey el quinto
  • También se debía pagar el catastro por rentas fijas
  • El trecén o décimo-tercia parte de cualquier ganancia obtenida
  • Se pagaba el villazgo por ser habitante de la villa
  • Del mismo modo, era preciso pagar el diezmo a la Iglesia
  • El impuesto de garfa por permitírsele a alguien poner guardas en la era
  • Los gastos del funeral del señor del lugar eran sufragados por sus vasallos con el impuesto llamado luctuosa
  • En las bodas de la realeza, el vasallo pagaba un tributo curioso: el chapín de la reina, para contribuir al boato de los esponsales
  • Una vez al año se pagaba un bonito impuesto llamado cena del rey, que sufragaba lo que se comía el señor.
  • Tasas como el buey de marzo, que nadie sabía por qué era. Solo que se debía pagar en marzo. Igual que la martiniega el día de san Martín.
  • Si comprabas sal, se pagaba el tributo de la salga. Ver: historia de la sal.
  • Si pasabas por un lugar que no era el de tu empadronamiento, el derecho de pasaje
  • Al pasar por un puente, el pontazgo
  • Al cruzar una puerta al entrar o salir de la ciudad se abonaba el portazgo

Curioso impuesto fue el que funcionó en Francia durante la Edad Media: el pueblo donde se ejecutaba a un reo tenía que pagar al verdugo media docena de panes, dos botellas de vino y una cabeza de cerdo además de proporcionarle la soga.

A cambio de lo cual el ayuntamiento tenía derecho a quedarse con la soga del ahorcado que vendida a trozos daba una pequeña fortuna debido a la superstición existente de que un trozo de tal soga da buen fario.

También el reo tenía derechos: el condenado a muerte tenía derecho a que se le diera opíparamente de comer y beber en cada convento por el que pasaba camino del patíbulo, y como eran tantos llegaba al cadalso atiborrado y borracho.

En la Etiopia de principios del XX, como los oficiales y funcionarios no tenían sueldo se les permitía despojar al pueblo mediante impuestos ridículos. Se cuenta que uno de estos altos oficiales dejó en su testamento lo siguiente: “Que me entierren con un brazo fuera para que pueda seguir recibiendo los impuestos”.

historia de las tasas

El emperador de Austria José II, muerto en 1790, gravó el uso de colorete para las mejillas al comprobar que cada dama gastaba cien florines al año en “estucarse el rostro”. También puso impuestos a los polvos para el cabello y una tasa elevada para el uso del lápiz de labios.

Según la Hacienda real aquella fuente de ingresos de la Corona era un pozo sin fondo. Jonathan Swift, hablando con una dama que le aseguraba que el aire de Irlanda era una delicia, le dijo: “Señora, bajad la voz, que si os oye el virrey pondrá un impuesto por respirarlo”.

¿Había algo por lo que no se pagara? Es difícil imaginarlo. Este estado de cosas duró muchísimo, desde la Edad Media hasta el XVIII las cosas fueron más o menos así. Por lo tanto, no nos quejemos de la situación actual, aunque muchos de los impuestos extraños o injustos que se pagaban hace mil años los seguimos pagando bajo otro nombre.

A nosotros, en la actualidad, algunos de aquellos tributos de la antigüedad puede que nos hagan reír. Pero realmente amargaron la vida a la mayoría de nuestros antepasados.

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