Historia de la sal

Para el hombre primitivo, abastecerse de sal era en muchos puntos de la tierra misión imposible. Homero dice en su Odisea, hacia el siglo VIII a.C. que muchos pueblos del interior nunca habían visto el mar y no utilizaban la sal porque no sabían de dónde obtenerla.

Como es sabido, era desconocida por muchos pueblos amerindios: fueron los españoles quienes la introdujeron y dieron a conocer entre ellos. Lo mismo sucedió con ciertos pueblos de África, donde todavía es artículo de lujo.

¿Cómo pudieron subsistir algunas sociedades antiguas sin este artículo de primera necesidad? Sencillamente, entre los pueblos consumidores de carne cruda y leche derivan de estos alimentos la sal que el organismo necesita, sin requerir aportes externos adicionales.

Así, los númidas del siglo I, según el historiador romano Salustio, o los beduinos, nunca añadían sal a sus comidas. La sal es necesaria en las dietas del hombre sedentario, que ha hecho de cereales y vegetales parte importante de su alimentación diaria, y que además toma la carne hervida, cocida o salcochada.

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Entonces, un pellizco de sal es necesario. Ya entonces estaba relacionada con la divinidad. Cristo dijo a sus apóstoles que debían ser ‘la sal de la tierra’, para luchar contra la corrupción del pecado, ya que una de las virtudes de esta sustancia es imposibilitar la pudrición.

origen de la sal

La sal formaba parte en ceremonias y liturgias del culto religioso en la Antigüedad. Los dioses eran adorados como ‘dadores del pan y la sal’. Griegos y romanos emplearon estas prácticas: “Nunca pongas tu espada contra la sal y la mesa”, decían los atenienses del siglo V a.C.

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También el mundo semítico. La Biblia está llena de lugares en los que se habla de los “pactos de la sal” entre Dios y el hombre. Así, la frase del Libro de Ezra, capítulo IV: “Comer la sal de los palacios”; o la expresión árabe antigua, para sellar un pacto: “Ya hay sal entre nosotros”.

Los persas todavía emplean la siguiente frase, ofensiva para quien la recibe: Namak haram= falso, desleal al pacto de la sal.

Sal e incienso eran necesarios tanto en la cocina como en el templo; una necesidad, política, religiosa y económica. Entre los babilonios, hacia el 2500 a.C., la sal común tenía alma, ante su dios, los sacerdotes de Nínive se expresaban así:

“¡Oh, Sal, creada en sitio puro, Enlil te destino para alimento de los dioses! Sin ti no hay condimento, sin ti, dios, rey, el incienso no exhala aroma”.

la sal y la historia del hombre

El hombre antiguo tuvo a la sal por piedra sagrada y la arrojaban a los espíritus maléficos en sus ceremonias mágicas. En la Cábala se venera a este elemento mineral cuyo nombre, melah, es igual a la cifra cabalística o valor numérico del nombre de Dios o tetragramma: 40+30+8 = 78.

También el mundo árabe cita con respeto sumo la recomendación de Mahoma a Alí: “Comienza con sal, porque la sal cura muchos males”. Antaño como hogaño, diversas civilizaciones mediterráneas la consideraban elemento mágico de primer orden.

Algunos pueblos del norte de África creen que purifica el hogar y expulsa los malos espíritus que el enemigo encamina hacia sus moradas, ya que los yennuno geniecillos ruines, la detestan. A ese fin colocan bolsitas de sal en diversos rincones de la casa, y elaboran amuletos personales con ella para evitar el mal de ojo.

Una de las vías comerciales más antiguas de Italia es la Vía Salaria, que desde el puerto de Ostia llevaba la preciada mercancía a la región de los Sabinos, entre el río Tíber y los Apeninos.

Y el historiador griego Herodoto, del siglo V a.C., habla de las rutas caravaneras que desde los oasis libios llevaban a la costa para abastecer de sal a los griegos de Grecia y del sur de Italia.

La sal ha sido siempre objeto de comercio precioso. La de Palmira fue elemento principal de intercambio entre Siria y el golfo Pérsico. Y la sal del Egeo llegaba hasta Rusia. En tiempos de Alejandro Magno, que llegó hasta la India, las minas de sal de este lejano país estaban a pleno rendimiento.

En la Edad Media, medio Oriente se abastecía de la sal producida en las minas chinas de Quimsai. Aquella sal, debidamente prensada, hacía las veces incluso de moneda: pastelillos de sal prensados han desempeñado ese papel en Abisinia y el Tíbet.

De hecho, el término salario = sueldo dado a los trabajadores, deriva de la costumbre romana de dar a los soldados aparte de su paga, una cantidad extra para adquirir sal.

Desde la Antigüedad hasta el siglo XIV fue el condimento por excelencia, y su comercio era libre. A partir de esa época fue presa de los impuestos de todo tipo que provocaron desórdenes y guerras.

Tan alto llegó en algunos momentos a ser su precio que sólo los ricos podían permitirse salar el pan. En Francia, hacia la segunda mitad del siglo XVI, era tan cara como las especias de las Indias. Y en España fue producto monopolio del Estado, existiendo así los estancos de la sal hasta el año 1869.

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