Historia de la olla

Las ollas son uno de esos objetos de nuestra vida cotidiana a los que no le damos ningún tipo de importancia. Pero si te paras a pensar detenidamente, ha tenido un papel fundamental dentro de la evolución del hombre y su alimentación. Con ella se pudo comenzar a cocinar de formas diferentes muchos alimentos. En CurioSfera.com te vamos a explicar la historia de la olla.

Probablemente la olla se inventó hace más de 10.000 años. Se sabe que en aquella lejana época ya se cocinaban los alimentos, según se desprende de ciertos hallazgos en yacimientos arqueológicos de Anatolia (en la actual  Turquía). Aquí se encontró los restos de una cocina completa perteneciente al hombre del Neolítico. Estaba compuesta de marmitas, potes y algún perol de colores rojo, crema, negro y gris ceniza; y como no, la olla de barro.

Desde el descubrimiento de la alfarería hace más de 25.000 años, las vasijas de cerámica evolucionaron poco. La evolución de la olla en la Grecia Clásica y la Antigua Roma consistieron en las diferentes formas de este objeto y en la aplicación de nuevos materiales, como la madera, el cristal y la plata. En cambio, los métodos de cocción permanecieron invariables.

En la Edad Media apareció el asador giratorio, principal elemento de la cocina de aquel tiempo, que se mantuvo sin cambios hasta el siglo XVIII en que se le ocurrió a alguien poner la carne en el horno para asarla.

La olla metálica se había usado con profusión en Europa, y una de las primeras industrias en Norteamérica fue precisamente la fabricación de ollas de hierro forjado en 1642: la famosa Saugus pot, de la vieja ciudad de Lynn, y que se trataba de una olla de tres patas para no necesitar bajo su tosca estructura nada sino el fuego.

Antes, en el México colonial español se había implantado el uso y elaboración de ollas de metal. También te podría interesar leer cómo ha sido la evolución de la alimentación del ser humano.

La importancia de las ollas en las cocinas reales y nobiliarias obligaba a los cocineros a asegurar su contenido mediante candados; los guisos, mientras se cocinaban, eran custodiados para evitar que pinches y galopines extrajeran con arte los tasajos de carne o las gallinas enteras de su interior, o bebieran el caldo: para aquel fin se sujetaban con cadenas y se le echaba un candado cuya llave guardaba el cocinero.

Hacia mediados del XVIII el alemán Johann von Justy sugirió recubrir las ollas y cacerolas con los lisos y lustrosos esmaltes que desde hacía siglos utilizaban los joyeros, pero se le arguyó que tales esmaltes no resistirían las altas temperaturas. El terco alemán no se arredró sino que adujo que algunos artefactos de notoria antigüedad habían sido esmaltados cientos de años atrás y seguían tan relucientes como el primer día, pero a pesar de su terquedad tuvo que reconocer que existían problemas para su proyecto de unir al hierro forjado una porcelana resistente al calor.

No obstante, en 1778 se produjeron los primeros cacharros, incluso una batería de cocina, toda una colección de ellos, desde los cazos más pequeños, pasando por potes, hasta las ollas y perolas voluminosas y sartenes con teflón, un teflón muy primitivo, pero la gente no vio entonces ventaja alguna, pareciéndoles que cacharros tan vistosos y relucientes, tan perfectos y bonitos no debían ser expuestos al fuego, ya que el fuego echaría a perder piezas tan atractivas para la sensibilidad del momento.

No estaban dispuestos a utilizarlas en la cocina, por lo que las amas de casa que las compraban les daban un uso decorativo y ornamental: las colocaban sobre repisas, chimeneas, pianos, o cualquier superficie plana que hubiera por casa.

Así, las primeras baterías de cocina anduvieron desplegadas como si se tratara de vistosas colecciones de cacharros con fin decorativo. Y no sólo fines decorativos: durante un tiempo sirvieron sorprendentemente para alojar las cenizas de los seres queridos.

Mientras esto sucedía, Napoleón Bonaparte (1769-1821) servía en Francia a sus invitados la comida cocinada en la primera batería de cocina de aluminio que hubo. El lujo era impresionante porque entonces el aluminio era un mineral tan raro que su obtención costaba más que el oro. Un kilo de aluminio costaba entonces dos mil dólares.

Tan exclusivo resultaba que la nobleza, siempre atenta a ser más que su vecino sustituyó en 1820 toda su vajilla de oro y plata por las nuevas y lujosísimas de aluminio, el mineral de moda. Algunos incluso invirtieron en cacerolas, cazos, pucheros y ollas de aluminio, como quien compra diamantes.

Lo dramático para ellos, para estos extraños especuladores, vino cuando una generación después bajó el precio del aluminio debido a las nuevas técnicas de extracción y al descubrimiento de numerosos yacimientos, a seis dólares el kilogramo.

En 1886 el joven ingeniero e inventor Charles Martin Hall (1863-1914) perfeccionó el sistema de producción de aluminio apto para baterías de cocina. Fundó su propia empresa y empezó a fabricar ollas y cacerolas. Eran fáciles de limpiar, ligeras de peso, y duraban más que las demás. No les faltaba nada para ser un producto de cocina excelente para el fin que perseguía. Fue un hito que marcaría para siempre la historia de la olla.

Las mujeres tuvieron ocasión de ver cocinar en ellas a uno de los más famosos chefs. Las muestras se sucedían. Pero las amas de casa no se fiaban, se mostraban reacias a abandonar sus viejas cacerolas de hierro o estaño, por lo que los grandes almacenes se negaron a exhibir el producto.

Pero en el año 1903 se produjo un cambio radical en el mundo de las ollas. En unos grandes almacenes de Filadelfia se empezaron a hacer demostraciones de la utilidad de la batería de cocina de aluminio. Un famoso cocinero del mejor hotel de la ciudad enseñaba cómo cocinar manzanas sin tener que removerlas y sin que se pegaran.

Y las ollas de aluminio empezaron rápidamente a ganar popularidad y a ser cada vez más valoradas por las amas de casa, tanto que en 1913 ya dejaban a su creador, Charles Martin Hall, ganancias cercanas a los treinta millones de dólares, y un año después la nueva línea de productos del señor Hall, la Wear-Ever, inauguraba una industria nueva del aluminio.

En toda la historia, no se conocía nada igual, y hasta el invento del teflón la batería de aluminio fue la reina de la cocina. Y eso a pesar de que tuvo que competir con productos revolucionarios que podían enviarla al trastero, como por ejemplo, la olla eléctrica y la olla a presión u olla exprés.

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