Historia de la cerilla o fósforo

Hoy en día, tan solo necesitas una cerilla o fósforo para poder conseguir fuego de forma rápida y sencilla. Pero en nuestra historia no siempre ha sido de este modo. De hecho durante miles de años la humanidad tenía que recurrir a otros sistemas más complicados y cansados para poder obtener una llama o luz. En CurioSfera.com queremos explicarte la historia de la cerilla o fósforo, quién lo inventó y cómo ha sido su evolución.

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Índice de contenidos

Origen de la cerilla

Las cerillas o cerillos que conocieron los chinos en el siglo VI eran una simple varilla con azufre que se prendía al contacto con la chispa. No hay constancia de que aquello llegara a trascender a la ciudadanía, o supusiera lo que siglos después supuso la cerilla.

primera cerilla historia

Más de mil años después, en Occidente, tendrían lugar los primeros experimentos. En 1680, tras el descubrimiento del fósforo por el físico inglés Robert Boyle, uno de cuyos ayudantes, llamado Godfrey Haukewitz, estuvo a punto de inventar las cerillas al impregnar en azufre varillas de madera que al ser friccionadas producían una llamita efímera.

Acababa de inventar las cerillas, pero el invento no prosperó, ni siquiera se lo propusieron por el olor fétido de aquella operación; los vapores venenosos que desprendía y el coste excesivo del procedimiento, a lo que se unía el peligro que todo aquello entrañaba.

En 1780, un físico holandés afincado en Inglaterra, Jan Ingenhousz, colocó una cantidad pequeña de azufre en frasquitos para que introduciendo en él un palito de madera pudiera hacer fuego mediante fricción. Era mejor que prender una yesca mediante el golpeo del pedernal sobre el acero, como aún se hacía a principios del siglo XIX.

Quién inventó la cerilla o fosforo

De las cerillas ya se hablaba en 1805 cuando apareció en el Journal de L’Empire el fósforo como medio rápido de iniciar el fuego, advirtiéndose del peligro que entrañaba la sustancia utilizada al ser muy inflamable.

quién fue el creador de los fósforosLa idea de una astilla impregnada en azufre para hacer fuego surgió en 1800; empezó a emplearse azufre en una mezcla de clorato potásico y azúcar. El primero en adoptarlas fue un cierto capitán Manby, inventor de cohetes lanza-salvavidas que utilizaba la mezcla como fuente de energía.

Cinco años después, en 1805, el francés J. Chancel dio a conocer sus cerillas de inmersión: pequeños palitos en uno de cuyos extremos se había adherido una mezcla de azufre y clorato de potasio: sumergido el extremo del palito impregnado en ácido sulfúrico, el clorato potásico entraba en ignición.

Aquello suponía un avance capital en los métodos de obtención del fuego. De hecho, aquel invento acababa con doce mil años de penosa historia, con doce mil años de golpear el pedernal contra otra roca a fin de obtener la chispa que prendiera sobre hojas y hierbas secas, o mediante el frotamiento de dos trozos de madera.

Se acababa asimismo con los métodos medievales de obtención del fuego basados en golpear un pedernal sobre un trozo de hierro para que la chispa resultante prendiera en un recipiente donde se apiñaban trapos secos y aserrín.

quién inventó la cerilla
John Walker

Finalmente, en 1826 el farmacéutico inglés John Walker (1781 – 1859) fue quién inventó la cerilla de fricción. Como en muchos otros inventos, fue de forma accidental, ya que me mezclando sulfuro de antimonio (Sb2S3) y clorato de potasio (KCIO4).

Walker también fue el primero en poner en el mercado la luz por frotamiento. Pero para su desgracias, olvidó patentar el invento, como le había aconsejado que hiciera su buen amigo Faraday.

Evolución de las cerillas

En 1830, un tal Samuel Jones, que había asistido a muchas demostraciones de las cerillas de Walker puso a la venta sus palillos enrollados en uno de cuyos extremos había un poco de mezcla de clorato potásico, azufre y azúcar.

evolución cerillos

Se vendían con una pequeña ampolla herméticamente cerrada cuyo interior contenía ácido sulfúrico concentrado: la ampolla se rompía con una tenacilla y el ácido entraba en contacto con la mezcla, iniciando la combustión.

El encendido era tarea pesada, molesta y peligrosa, pero aquellas astillas inflamables, como las llamaban los londinenses, aunque entrañaban peligro, se hicieron populares, y, para curarse en salud, Jones hizo poner en las cajas donde se vendían el siguiente texto:

“Procure no inhalar el gas, sobre todo las personas de pulmones delicados deben abstenerse de utilizar los lucíferos”.

 

Samuel Jones patentó las cerillas de John Walker con el nombre de lucíferos, palabra que recordaba a Lucifer, por lo que la gente no parecía tenerlas todas consigo. Eran bastante avanzadas, tenían una capa de sulfuro de antimonio y cloruro potásico, y formaba la masa una pasta unida con cola.

Se prendían haciéndolas pasar por un rascador, pero se las prohibió en muchos sitios porque ocasionaban una pequeña detonación y chisporroteaban al ser encendidas, lanzando a ambos lados parte de la materia inflamada quemando vestidos y bigotes.

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Cuatro años después se inventaron los congreves. Pero era problema prioritario resolver la seguridad, buscar un sistema más seguro, cosa que haría en 1848 Rudolf C. Böttger. Este químico alemán fabricaba cerillas con doble revestimiento, uno de cuyos extremos se impregnaba de una sustancia rica en oxígeno, mientras el otro contenía el fósforo rojo amorfo; se partía en dos trozos, y se frotaban entre sí.

Hacia 1852 los fósforos mejoraron en Suecia, y poco después el austriaco Krakowitz daba a la cabeza del fósforo un aspecto metálico recubriéndolo de una capita de sulfuro de plomo a la par que sustituía la madera por un trenzado de fibra de algodón impregnada en cera: el fósforo acababa de convertirse en cerilla.

La cerilla de seguridad, como hoy la conocemos, fue idea del profesor de química alemán Anton von Schrotter en 1855. Más tarde, en 1866 apareció la cerilla del sueco J.E.Lundström, que situó la superficie de fricción en la parte exterior de la caja.

A partir de entonces las cerillas no supusieron peligro, dejaron de ser venenosas, se olvidó el riesgo de los chisporroteos y se solucionó el problema de la chispa incontrolada. Se vendían en Londres durante el último tercio del siglo XIX en cajas con la forma de un buzoncito de correos.

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