Historia de España

España es un país con una extensa historia que abarca desde la prehistoria hasta la actualidad. Naturalmente no siempre con el nombre actual. Ha sido un territorio conquistado por varias civilizaciones, pero también ha sido conquistador y creador de todo un imperio. En CurioSfera.com te queremos explicar la historia de España, su origen y todos los períodos de su existencia. ¿Comenzamos?

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Índice de contenidos

Origen de España

Para comprender la Historia de España primero debes conocer su situación geográfica. España comparte con Portugal la península Ibérica, situada en el extremo Sudoeste de Europa, y se abre casi por igual al Océano Atlántico y al Mar Mediterráneo.

Situación geográfica de España

Ocupa la mayor parte de la península, las islas Baleares y las Canarias. Limita al oeste con Portugal y al norte con Francia y Andorra, y el resto de sus fronteras son marítimas. Separada de Marruecos por el estrecho de Gibraltar y de Francia por los Pirineos, fácilmente franqueables por sus extremos, España es un país de encrucijada, un puente entre África y Europa.

Sus tierras están modeladas por los plegamientos alpinos y su altitud media, comparada con sus vecinos europeos, sólo es inferior a la de Suiza. Está situada en el hemisferio norte, y más cerca del ecuador que del polo: es decir, es un país subtropical mediterráneo.

Así lo manifiestan claramente el clima, los ríos, la vegetación natural, los suelos, los paisajes rurales y hasta el modo de vivir de sus gentes. La configuración peculiar del territorio y la altitud modifican los efectos de estos factores geográficos generales para convertir el país en un variado mosaico en el que caben todos los paisajes, como si de un pequeño continente se tratara.

Historia de España – Prehistoria

Uno de los eslabones clave en la evolución del hombre está documentado en España: los estudios de restos fósiles de una antigüedad de 750.000 años hallados en la Gran Dolina del yacimiento de Atapuerca (prov. de Burgos) han permitido establecer la existencia de un antepasado común al hombre de Neanderthal y el Homo sapiens, bautizado por esa razón como Homo antecesor.

Prehistoria Española
Pinturas prehistóricas halladas en España

Alto y fuerte, con arcos ciliares incipientes y una capacidad craneal de unos 1.000 cm cúbicos, procedía sin duda de África, vivía de la caza y muy probablemente practicaba el canibalismo.

Al margen de este antepasado lejano, los vestigios más antiguos de la ocupación humana de la Península corresponden al paleolítico inferior. La llegada de África del hombre de Neanderthal señala la entrada en el paleolítico medio con la cultura musteriense (entre los años 70.000 a. C. y 40.000 a. C.).

Se trataba de cazadores que conocían el fuego y algunos instrumentos de piedra. Otro nuevo tipo humano (Homo sapiens) penetra en la Península. Es el inicio del paleolítico superior (de 40.000 a. C. hasta 10.000 d. C.). El hombre continuó siendo cazador y adaptó su vida a las condiciones ambientales. Es este hombre el que desarrolla el primer arte parietal (cuevas de Altamira, Castillo, etc.).

Las características comunes de las pinturas -posiblemente una forma ritual con que atraer la caza- son el fuerte naturalismo, la rica policromía y su exclusiva localización en abrigos rocosos. Un largo período, llamado mesolítico, presidió entre los milenios X y VI antes de Cristo, la transición del paleolítico al neolítico, es decir, la transformación de los cazadores en pastores y campesinos.

La llamada “revolución neolítica”, entre cuyos logros destacan la agricultura, la rueda y la cerámica, se desarrolló en España durante el milenio III a.C. Aparecieron entonces los primeros poblados. Es también el inicio de los grandes monumentos funerarios (megalitos, tumbas colectivas).

Con la introducción en Europa de la técnica de mezclar cobre y estaño (2.000 a. C.), la Península penetra en la Edad del Bronce y, gracias a sus ricos yacimientos de estaño del Noroeste., se inserta en las grandes rutas comerciales europeas y se abre el camino a las futuras colonizaciones mediterráneas.

La España celtas e íbera. Fenicios, griegos y cartagineses

Con las invasiones célticas (milenio I a.C) llegaron a España grupos de indoeuropeos, que se establecieron en el centro y oeste. Los celtas dejaron un rastro lingüístico indoeuropeo y difundieron la incineración y el uso de diversos útiles de hierro.

Por otro lado, cuando en los siglos VIII a. C. y VII a. C. los griegos entraron en contacto con la Península, hallaron unas poblaciones autóctonas, de raza mediterránea, que llamaron íberos, del nombre del Iber (Ebro), que se extendían por el litoral mediterráneo.

Este territorio recibió el nombre de Iberia. También durante el milenio I a. C. se produjeron las colonizaciones fenicia y cartaginesa. Los griegos colonizaron la zona norte. de la costa del Mediterráneo y los fenicios la sur., que, hacia el siglo VI a. C., cayó bajo dominio cartaginés. La influencia de las culturas griega y púnica sobre la población autóctona dio origen, entre el año 500 a. C. y los comienzos de la romanización, a la civilización ibérica.

Durante las guerras púnicas que enfrentaron a Cartago y Roma, los cartagineses emprendieron la conquista de España para el control de sus minas de plata y sus reservas de soldados mercenarios como base de un nuevo imperio cartaginés.

Con la victoria de Roma en la segunda guerra púnica (218 a. C. a 201 a. C.), expulsados los cartagineses, los romanos emprendieron la conquista de la Península, a la que llamaron Hispania.

La España romana

La campaña realizó rápidos progresos en Levante y Andalucía, pero encontró fuerte resistencia a su penetración hacia el interior. En la tenaz resistencia que opusieron las tribus hispánicas destacaron las guerrillas lusitanas de Viriato.

La extraordinaria resistencia de Numaneia (133 a.C) y las guerras cántabras (29 a.C.- 19 a.C.). La Paz romana, entre Augusto y mediados del siglo III, trajo consigo la romanización de la sociedad, la cultura y la economía.

Roma impuso su lengua, su derecho y su religión. La población aumentó, floreció la vida urbana y se produjo una notable expansión económica, principalmente agrícola.

Las tropas hispanas combatieron en todas las empresas imperiales y tres hispanos. Trujano. Adriano y Teodosio, llegaron a ser emperadores. La cultura latina fructificó con escritores como Séneca, Marcial. Quintiliano. Prudencio, Osorio, etc. El cristianismo, que penetró en los primeros siglos del Imperio, alcanzó en Hispania un rápido desarrollo.

La España visigoda

Durante los siglos III y IV se produjeron, a través de los Pirineos, invasiones de diversos pueblos germánicos, que saquearon el país y destruyeron su estructura administrativa.

Tras ellos penetraron los visigodos, pueblo también germánico pero más civilizado, que, como aliados de los romanos, ocuparon la Tarraconense y, tras la caída del Imperio, se establecieron definitivamente en Hispania.

Los visigodos, en número de unos 200.000, se ubicaron principalmente en la Meseta, instalaron su capital en Toledo y se impusieron sobre los restantes pueblos. Su dominio se caracterizó por una política unitaria, promulgando leyes que pusieron fin a la división existente entre las comunidades godas e hispanorromanas.

Leovigildo (573- 586) sometió a los suevos de Galicia e impuso su soberanía de modo efectivo sobre cántabros y vascones. Para consolidar la unión interior del reino apoyó decididamente el amanismo.

Su hijo y sucesor, Recaredo (586-601), decidió salvar el abismo religioso entre los godos e hispanorromanos y públicamente abrazó el catolicismo en el 111 Concilio de Toledo. El modo de vida de los visigodos favoreció la ruralización de la sociedad, en la que no tardarían en aparecer instituciones feudales, beneficiosas para la nobleza y perjudiciales para el poder de la monarquía, cuyo carácter electivo favoreció la discusión de su autoridad.

No obstante, Suintila (621-631) unificó políticamente la Península tras ocupar las zonas costeras desde Alicante hasta el Algarve, conquistadas a los bizantinos. En el campo de la cultura florecieron figuras importantes, como Isidoro de Sevilla, autor de las Etimologías, muy difundidas durante la Edad Media.

La España musulmana

Las constantes guerras civiles entre las grandes familias visigodas fueron el factor desencadenante de la pérdida de su dominio en España. Los hijos de Vitiza, en pugna con el rey Rodrigo, llamaron en su auxilio a los musulmanes, quienes, bajo el mando del caudillo beréber Tariq b Ziyad, invadieron la Península (711) y derrotaron al ejército de Rodrigo en la batalla del Guadalete (19-26 de julio).

En el año 716 se habían apoderado de casi todo el país, al que llamaron al-Andalus. Terminada la conquista, la Península se integró en el califato de Damasco y pasó a ser administrada por su emir.

Durante este primer período (emirato dependiente), las frecuentes disputas entre árabes y beréberes dificultaron la organización de la España musulmana, que no se llevó a cabo sistemáticamente hasta que Abd al-Rahman I (756-788) se independizó políticamente de Damasco, y llegó a su cénit con la proclamación del califato de Córdoba (929), bajo Abd al-Rahman III.

La rapidez de la conquista, con sólo unos 10.000 hombres, evidencia el poco interés del pueblo hispano en conservar a sus reyes visigodos, lo que favoreció considerablemente el proceso de islamización.

Excepto una minoría (mozárabes), la población hispana se convirtió a la religión musulmana y se integró rápidamente en las estructuras del nuevo Estado. Gracias a una sólida economía, una eficiente administración, un disciplinado ejército y un bagaje cultural muy superior, al-Andalus pudo conservar fácilmente su hegemonía frente a los pequeños reinos cristianos que se habían ido formando por tierras de la mitad septentrional de la Península. Solo en el siglo XI, con la fragmentación del califato de Córdoba en pequeños reinos (taifas), el poderío musulmán entró en decadencia.

Reconquista y repoblación

Después de la simbólica victoria obtenida por los cristianos en la batalla de Covadonga (722) (cuya importancia ha sido en ocasiones magnificada por la historiografía tradicional), la lucha contra los musulmanes tuvo, durante unos años, un carácter esporádico y local, y estuvo centrada principalmente en el Estado cristiano constituido en las regiones montañosas de Asturias, Galicia y Cantabria. 

Mientras tanto, en el noreste de la Península las ofensivas de los francos (785-811) culminaban en la creación de establecimientos de la Marca Hispánica en la región catalana. En el siglo IX el reino de Asturias llegó hasta el Duero y estableció su capital en León; en el siglo X, en torno a la ciudad de Burgos, Fernán González fundó el condado de Castilla; el pequeño reino de Navarra llegó en sus avances hasta Tudela.

Las victoriosas expediciones de Abd al-Rahman III y de Almanzor frenaron momentáneamente los progresos cristianos, pero éstos volvieron a reemprender una lucha de conquista tras la desmembración del califato de Córdoba en 1031; la recuperación de Toledo en 1085 permitió extender la línea de demarcación hasta el Tajo.

La ofensiva de los almorávides (1086) no pudo detener los avances de la reconquista, que se intensificó en el siglo XII hasta llegar a la cuenca del Guadiana. En Aragón, Alfonso I el Batallador reconquistó Zaragoza (1118) y se apoderó de diversas plazas del bajo Aragón, como Calatayud y Daroca.

Una vez realizada la unión catalano-aragonesa, Ramón Berenguer IV culminó la recuperación del valle del Ebro ocupando Tortosa y Lérida. La ofensiva almohade, iniciada en 1172, fue detenida en la batalla de Las Navas de Tolosa (1212), en la que por vez primera todos los reinos cristianos se unieron contra los musulmanes.

A partir de este momento, coordinado el avance de Portugal, Castilla y Aragón, los éxitos militares se sucedieron: Portugal reconquistó sus provincias meridionales, Castilla llegó hasta Córdoba (1236) y Sevilla (1248), y Aragón, bajo el reinado de Jaime I el Conquistador, ocupó las Baleares (1229-35), Valencia (1238), Játiva. Alcira y Murcia.

Hacia 1270. los musulmanes solo conservaban en la Península el reino de Granada y parte de Huelva. El proceso de reconquista sufre a partir de ese momento una brusca paralización; causa principal de este fenómeno fue la debilidad económica de Castilla, agravada por los continuos conflictos internos, en contraste con el auge experimentado por los reinos periféricos.

Portugal inició sus exploraciones marítimas en el Atlántico, mientras Cataluña, Valencia y Baleares se transformaban en activos centros comerciales, cuya expansión se orientó hacia el Mediterráneo.

Solo la recuperación de Castilla y su posterior unión con la corona de Aragón permitió, en 1492, la definitiva expulsión de los musulmanes del reino de Granada. La reconquista, además de una campaña religioso-militar, fue una constante empresa de colonización y repoblación de las tierras arrebatadas a los musulmanes, a la que la actual estructura de la propiedad agraria en España debe sus rasgos más característicos.

En los primeros siglos de la Reconquista las donaciones reales de tierras, bajo el sistema de aprisio o pressura, beneficiaron principalmente a pequeños propietarios libres, que se organizaron en municipios y concejos, con una dependencia directa de la corona.

Los monarcas cristianos utilizaron este método para estimular la repoblación de las zonas desérticas de la región comprendida entre los ríos Duero y Tajo, y para conseguir un apoyo político frente al poder de la alta nobleza.

Sin embargo, en el siglo XIII, la expansión cristiana llegó hasta las tierras del valle del Guadiana, más fértiles y densamente pobladas, y las concesiones recayeron en la gran nobleza guerrera, lo que originó el contraste entre los latifundios de Andalucía y la Meseta sur, por una parte, y la pequeña y media propiedad de la Meseta norte por otra.

Los orígenes de la España moderna

La prolongada estancia de los musulmanes en el territorio hispánico y el lento avance hacia el sur mediante el doble proceso de colonización y de reconquista han sido los principales elementos configuradores de la España moderna. La común oposición al Islam hubiera podido actuar como factor cohesivo de los reinos cristianos, aunque de hecho fue un elemento de disgregación.

La persistencia del enfrentamiento con los musulmanes durante los siglos XIV y XV trajo como consecuencia que los hábitos adquiridos durante la Alta Edad Media fueran profundamente asimilados y constituyeran el bagaje espiritual con que Castilla hizo su irrupción en la escena europea a fines del siglo XV.

En una sociedad imbuida de la idea de la misión divina de liberar al país de infieles, el clero, lo mismo que la nobleza, adquirió extraordinaria influencia, tanto en el orden temporal como en el espiritual. La alta nobleza, encargada de la dirección de la guerra santa, obtuvo grandes recompensas, sobre todo a partir del siglo XIII.

Pero el hecho más característico fue la fuerza adquirida por la pequeña nobleza, el hidalgo, el hombre que vivía de la guerra y para la guerra y despreciaba las riquezas obtenidas mediante el comercio u otras actividades económicas.

La expansión y el esplendor de la corona aragonesa durante el siglo XIV contrasta con los desequilibrios y convulsiones sociales de Castilla, donde el poder real se mostró incapaz de imponerse a una alta nobleza, que detentaba una extraordinaria fuerza política y económica.

En el siglo XV se produjo el desmoronamiento del imperio catalanoaragonés. La caída demográfica, la desarticulación de las fuerzas productivas de Cataluña, junto con los fracasos en el Mediterráneo, provocaron un enfrentamiento entre la monarquía y las clases dirigentes que desembocaría en la guerra civil catalana (1462-72), que culminaría el proceso de ruina de las bases económicas de la corona aragonesa.

La sociedad castellana, pese a sus turbulencias, estaba asentada sobre sólidas bases. Su población, menos afectada por las pestes que en la corona de Aragón, llegaba, según cálculos aproximados, a unos 6.000.000, en contraste con el 1.000.000 escaso de la corona aragonesa. Al mismo tiempo, su economía, basada en la ganadería lanar, estaba en plena expansión.

En estas circunstancias, anarquía a nivel político, pero solidez en las fuerzas productivas en Castilla, y caos político y agotamiento económico en la corona de Aragón, se celebró en 1469 el matrimonio de Fernando. heredero de Juan II de Aragón, con Isabel, hermana del rey de Castilla Enrique IV. A la muerte de su hermano.

Isabel se proclamó reina de Castilla, pero el trono le lúe disputado por la dudosa hija de Enrique IV (Juana la Beltraneja). apoyada por Portugal y una parte de la aristocracia castellana: desencadenada la guerra civil (1475-79), finalmente, gracias al apoyo de Aragón y la hábil política de Fernando, consiguió imponerse sobre el bando rival en 1479. Este mismo año murió Juan II y Femando heredó la corona aragonesa.

El Estado español de los Reyes Católicos (1479-1516)

Con el matrimonio de Isabel 1 de Castilla y Fernando II de Aragón, los dos reinos más poderosos de la Península pasaron a constituirse en un solo Estado. El lento proceso de la unidad política española se inició con este reinado, que aplicó fórmulas pactistas de respeto a las instituciones propias de cada reino asociado.

La superioridad demográfica y económica de Castilla, en contraste con el agotamiento humano y la desarticulación económica de la corona catalanoaragonesa, facilitó la posición preeminente de Castilla en el nuevo Estado, al que impuso los objetivos y los ideales acumulados durante la Edad Media.

Las primeras medidas adoptadas por los nuevos soberanos estuvieron encaminadas a restablecer el orden y la autoridad real. Estas medidas redundaron en beneficio del autoritarismo monárquico, que se vio fortalecido con la creación de los consejos, la reorganización de la hacienda y la potenciación del ejército.

La política social y económica de los Reyes Católicos facilitó el equilibrio y la estabilización de la sociedad española después de las graves crisis del siglo XV. Se consolidó el poderío económico de la nobleza castellana con la confirmación de la posesión de sus vastos latifundios y sus derechos jurisdiccionales.

En Cataluña, después del último estallido de las guerras de remensas (1484-85), se restableció finalmente el orden con la sentencia arbitral de Guadalupe (1486) y se dictaron una serie de medidas que permitieron iniciar una lenta recuperación.

La protección de la corona a la ganadería y al comercio lanero facilitó la gran expansión de la economía castellana, aunque a costa de hipotecar el futuro desarrollo agrícola e industrial.

Con la implantación de la Inquisición, la expulsión de los judíos (1492) y la conversión forzosa de los moros granadinos (1499), que provocó su primer levantamiento, los Reyes Católicos se identificaron con la corriente mayoritaria en Castilla, partidaria de la eliminación de las minorías infieles y de preservar por todos los medios la unidad espiritual del país. Esta decisión de los Reyes Católicos recogía los sentimientos castellanos medievales y estimulaba las actitudes intransigentes y el sentimiento de la honra y limpieza de sangre y unió definitivamente los objetivos políticos y religiosos.

El espíritu de cruzada de las clases nobiliarias castellanas encontró una plasmación inmediata en la guerra de Granada. El reino de Granada, último reducto de los musulmanes en la Península, fue conquistado definitivamente en 1492.

A partir de este año. al mismo tiempo que tos Reyes Católicos prosiguieron el esfuerzo para conseguir la unificación de la Península (ocupación de Navarra, año 1512, y enlaces matrimoniales con Portugal), se inició la proyección exterior, que estuvo orientada en tres direcciones principales: expansión hacia el norte de África. continuación de la política tradicional de la corona aragonesa en Italia y, destacando sobre cualquier otra consideración expansionista, el descubrimiento de América por Cristóbal Colón, que daría una dimensión de alcance mundial a la corona española, que así consolidó su posición en la Europa moderna.

La hegemonía española en Europa

Muerta Isabel (1504) y tras el breve reinado de Juana la Loca. Castilla estuvo bajo la regencia de Fernando (1506-16) y del cardenal Cisneros hasta la llegada de Carlos I, nieto de los Reyes Católicos y del emperador Maximiliano.

Carlos I (1517- 1556 ) reunió en su persona las posesiones de la corona de Austria y las de los reinos Hispánicos y las Indias. Dos años después fue coronado emperador con el nombre de Carlos V.

El favor real a los extranjeros de su séquito y el temor de que los asuntos alemanes distrajeran al soberano del gobierno de la Península provocaron la guerra de las Comunidades de Castilla (1520-21), que terminó con la derrota de los comuneros.

Igual suerte le cupo al movimiento de las germanías, que estalló en Valencia (1519-23) y Mallorca (1520-23). El reinado de Carlos I inició la época áurea de la historia española, basada en el monopolio del oro y la plata indianos, puesto al servicio de la idea de un imperio ecuménico concebido como una salvaguardia de la unidad cristiana ante el peligro protestante.

No obstante, las empresas imperiales absorbieron las enormes cantidades de metales preciosos traídos del Nuevo Mundo y fue necesario acudir a los préstamos de los más poderosos banqueros europeos (Fugger. Welser. Grivnaldi. etc.).

La paz de Augsburgo (1555) consagró la ruptura de la cristiandad. y el poderío de turcos y berberiscos en el Mediterráneo significó el desmoronamiento de las ideas imperiales.

A pesar de estos fracasos, la hegemonía española en Europa quedaba plenamente consolidada en el momento de la abdicación del emperador, que repartió sus posesiones entre su hijo Felipe II (España, Flandes, Italia y las Indias) y su hermano Fernando (las posesiones de la casa de Austria en Alemania).

La experiencia imperial de Carlos I puso de manifiesto la imposibilidad material de mantener un poder universal. Felipe II (1556- 98). ante los progresos de los protestantes, convirtió a España en el centro de la Contrarreforma.

A partir de 1568, al coincidir la presión de los hugonotes en los Pirineos, la sublevación de los flamencos y el alzamiento de los moriscos en las Alpujarras (1568-70). la defensa de la pureza de la fe contra infieles y protestantes absorbió todas sus energías políticas.

Pero los objetivos resultaron también excesivos en relación con sus posibilidades, y aunque logró galvanizar en esta lucha a toda la sociedad española y consiguió la victoria de Lepanto (1571) contra los turcos y la anexión de Portugal (1580), el desastre de la Armada Invencible (1588) y la secesión de las Provincias Unidas iniciaron la decadencia del poderío español en Europa.

Así en 1598. poco antes de su muerte, Felipe II se vio obligado a firmar la paz de Vervins, que representaba el fracaso de su intervención en Francia y de hecho el reconocimiento de la independencia de las Provincias Unidas y la aceptación del amenazador poderío inglés, principal representante del bando protestante.

El proceso de la decadencia de España

Durante los reinados de Felipe III (1598-1621) y Felipe IV (1621-65) se acentuó la decadencia del poderío español. El poder fue confiado a sus validos, el duque de Ferina y el conde-duque de Olivares, respectivamente.

El proceso inflacionista heredado de la época de Felipe II se agudizó al descender la demanda americana de productos agrícolas y con el alza constante de los precios, que situó los costes de la industria española por encima de la extranjera.

A partir de este momento, las demandas de las colonias españolas de América fueron satisfechas por la industria europea. Todo este proceso se vio agravado por la debilidad de la burguesía castellana a consecuencia de la expulsión de los judíos, la peste que invadiera el país a partir de 1599-1600 y ia expulsión de los moriscos (1609-14).

La participación de España en la guerra de los Treinta Años (1618-48 ) trajo consigo la penetración francesa en el Rosellón, los movimientos separatistas de Cataluña y Portugal (1640) y la derrota de Rocroi (1643). que obligó a España a reconocer la independencia de los Países Bajos (1648). La rebelión de Cataluña fue dominada, pero España tuvo que ceder el Rosellón a Francia (tratado de los Pirineos, 1659) y reconocer la independencia de Portugal (1668).

El despotismo ilustrado de los Borbones

El último monarca español de la casa de Austria, Carlos II (1665-1700), no tuvo descendencia y a su muerte dejó en el trono a Felipe, nieto de Luis XIV, originando la guerra de Sucesión, en la que la mayoría de los países de Europa se coaligaron contra España y Francia y proclamaron rey de España al archiduque Carlos de Austria.

Iniciada como guerra internacional se convirtió en guerra civil española, y terminó con la victoria del pretendiente francés, que con el nombre de Felipe V inició la dinastía de los Borbones.

A cambio de ello, por el tratado de Utrecht (1713), España renunció a Italia. Países Bajos, Gibraltar y Menorca. La adhesión de los reinos de la antigua corona de Aragón a la causa del archiduque Carlos determinó a Felipe V a implantar el decreto de Nueva Planta, que suprimió su autonomía.

A partir de esta época, y mediante los Pactos de Familia, España giró en la órbita francesa, beneficiándose de la política de reformas propias del despotismo ilustrado emprendida por la dinastía borbónica. Durante los reinados de Felipe V (1700-1746) y Fernando VI (1746-59), se creó un nuevo aparato administrativo que facilitó la centralización del país y el autoritarismo monárquico.

Carlos III (1759- 1788) fue el Borbón más representativo del despotismo ilustrado español. Sus ministros Esquiladle y Grimaldi primero y Aranda, Campomanes y Floridablanca después, promovieron un vasto plan de reformas para impulsar el desarrollo material del país.

Los instrumentos para realizar esta política fueron las Sociedades Económicas de Amigos del País y las Juntas de Comercio. Se decretó la libertad de comercio con América (1778) y se reforzó la política regalista con la expulsión de los jesuítas (1767).

Intervino al lado de Francia en la guerra de los Siete Años (1756-1763) y ayudó a los futuros EE.UU. en su lucha por la independencia (1776-1783). Por la paz de Versalles (1783) España recibió Florida y Menorca.

La crisis del Antiguo Régimen

Las realizaciones del despotismo ilustrado entraron en crisis durante el reinado de Carlos IV (1788-1808). Los progresos de la agricultura habían llegado a un límite difícil de superar: el aumento de la producción agrícola favoreció fundamentalmente a los grandes propietarios, mientras el pequeño propietario que producía sólo para su consumo, el aparcero, vio aumentar sus arrendamientos, y los jornaleros, con incrementos salariales inferiores al alza de precios, fueron los menos favorecidos.

El problema agrario hizo su virulenta aparición a partir de la crisis de 1765-1766. Las medidas adoptadas durante el reinado de Carlos III paliaron momentáneamente la crisis, pero no la resolvieron. La “ley agraria” no pasó de simple proyecto, y Jovellanos, a fines de siglo, preconizaba la necesidad de modificar la estructura de la propiedad de la tierra, es decir, liquidar las bases del Antiguo Régimen: la amortización y la vinculación de la tierra.

Al mismo tiempo, los avances alcanzados en las industrias textiles, especialmente en Cataluña, habían minado la organización gremial y, a pesar de una mayor integración del mercado nacional, las aduanas interiores dificultaban los posibles avances.

La Revolución francesa alarmó a las clases privilegiadas. y la minoría ilustrada se vio apartada progresivamente del poder por Carlos IV. A partir de 1792, el despotismo ministerial de Godoy intentó proseguir con un reformismo moderado.

Desde 1806 tuvo que enfrentarse a los privilegiados, quienes se agruparon en tomo al futuro Femando VII y, después del fracaso de la conjura de El Escorial (1807). mediante el motín de Aranjuez (1808) derrocaron a Godoy y obligaron a abdicar a Carlos IV en su hijo Femando.

Por motivaciones estratégicas (necesidad de luchar contra Inglaterra), se firmó el tratado de Basilea (1795). Desde 1796 España reanudó la tradicional alianza con Francia, que llevó a firmar con ella el tratado de Fontainebleau (1807), por el cual se estipulaba con Napoleón la partición de Portugal. A este fin los ejércitos franceses empezaron a penetrar en la Península: Napoleón decidió entonces ocupar España, pero la empresa se vio frustrada por el levantamiento general del pueblo en mayo de 1808.

Durante seis años los españoles se enfrentaron a los ejércitos napoleónicos. Sólo una minoría, los llamados afrancesados, veían con buenos ojos al rey José I. impuesto por su hermano. Napoleón.

En el transcurso de la guerra de la Independencia estalló definitivamente la crisis: por un lado los partidarios de la ruptura violenta con el pasado, de la introducción del liberalismo y del capitalismo triunfaron en las Cortes de Cádiz: por el otro, los defensores de la España tradicional participaron en la guerra para restablecer el orden antiguo.

Los desequilibrios políticos

Restituido en el trono (1814). Fernando VII anuló la obra legislativa de las Cortes de Cádiz (1810-1814). que habían elaborado la Constitución de 1812. de carácter liberal, restableció el absolutismo y alentó una brutal persecución contra los liberales. Esta política agudizó el conflicto separatista de las colonias de América.

La rebelión del coronel Riego en Cádiz (1820). que impidió el envío a América de una poderosa expedición militar y obligó a Femando VII a jurar la Constitución de 1812. fue el golpe de gracia al imperialismo español, que sucumbió tras la batalla de Ayacucho (1824).

El Trienio Constitucional (1820-23) resultó muy conflictivo y el monarca logró que las potencias europeas de la Santa Alianza enviasen un ejército (Cien Mil Hijos de San Luis), que restableció el poder absoluto de Femando VII en la tercera fase de su reinado (década ominosa).

El rey, casado de nuevo (1829), confirmó la Pragmática Sanción de 1789, que derogaba la Ley Sálica y reconocía a las hembras su derecho a la sucesión al trono, con lo que comprometió las aspiraciones al trono de su hermano Carlos, a cuyo alrededor se agruparon los elementos absolutistas y, a la muerte del rey (1833), se organizaron militarmente. La reina María Cristina, regente de su hija Isabel, buscó el apoyo de los liberales, iniciándose la guerra civil entre carlistas y liberales.

La guerra se extendió principalmente por Navarra, Vascongadas. Cataluña y el Maestrazgo, y durante su desarrollo se promulgó un conjunto de leyes (Estatuto Real de 1834, Constitución de 1837, desamortización de bienes eclesiásticos, supresión de los gremios, etc.), que liquidó las estructuras legales del Antiguo Régimen. El abrazo de Vergara (1839) entre el jefe de los liberales, el general Espartero, y el general carlista Maroto. puso fin a la I Guerra Carlista.

El pronunciamiento de Espartero (1840) obligó a abdicar a la regente María Cristina, y las Cortes transfirieron dicho cargo al caudillo liberal (1841). Su despótica política originó a su vez el pronunciamiento de Narváez y Serrano (1843), y la mayoría de edad de Isabel II se anticipó. Su reinado (1843-1868) constituyó el período moderado del siglo XIX español, en el que se produjo la consolidación de la burguesía.

La política estuvo dominada por la lucha entre progresistas y moderados. Narváez, al frente de estos últimos, fue el dueño de la situación, en la que se forjó la Constitución moderada de 1845.

El pronunciamiento progresista conocido por la Vicalvarada (1854) dio el poder a los generales O’Donnell y Espartero. Del Bienio Progresista (1854-1856) merece destacarse la aceleración del proceso desamortizador; y, por otra parte, la llamada Constitución nonata de 1856, que en lo sustancial se remitía a la de 1837, acentuando su matiz progresista.

El golpe de Estado de O’Donnell de 1856 desplazó a los progresistas del poder, en el cual alternaron los moderados y la Unión Liberal de O’Donnell. Su política exterior se significó por la guerra de Africa (1859-60), la anexión de Santo Domingo (1861), la intervención en México (1861- 62) y la guerra del Pacífico contra Chile y el Perú.

La situación interior se fue deteriorando por el freno a un auténtico liberalismo, el desprestigio de la reina, la consolidación de nuevas fuerzas políticas (republicanas) y el gobierno casi dictatorial de González Bravo.

En el pacto de Ostende (1866), progresistas y demócratas (Prim, Sagasta, Becerra, Ruiz Zorrilla y otros) acordaron la revolución, que triunfó tras el pronunciamiento del almirante Topete (1868), al que se unieron Serrano y Prim.

Isabel II, destronada, marchó al exilio en Francia. Un Gobierno provisional presidido por Serrano convocó a Cortes constituyentes, las cuales optaron por la monarquía, promulgaron la Constitución democrático-liberal de 1869 y designaron a Serrano regente (1869-71).

Patrocinado por Prim fue elegido rey Amadeo de Saboya, quien llegó a Madrid a los pocos días de producirse el asesinato de Prim (1870). Ante el rechazo de republicanos, carlistas y alfonsinos, Amadeo abdicó en 1873.

La I República y la Restauración

Las Cortes proclamaron la I República (11 febrero 1873), que en once meses tuvo cuatro presidentes: Figueras, Pi y Margall. Salmerón y Castelar. Sin una base social amplia donde apoyarse, desacreditados ante el proletariado y los campesinos, combatidos por las fuerzas conservadoras (conspiraciones monárquicas y levantamientos carlistas de 1872-76), los gobernantes republicanos se vieron incapaces de canalizar las clases medias burguesas y el proletariado en defensa de la República.

El movimiento cantonalista y la indecisión de Pi y Margall en su represión debilitaron al Gobierno republicano y, tras el pronunciamiento del general Pavía (enero 1874), que disolvió las Cortes, ocupó el poder el general Serrano.

Ante la agitación social en las ciudades y el descontento en el campo, la burguesía abandonó sus ímpetus renovadores y, aliada con las fuerzas oligárquicas, apoyó la restauración monárquica. Tras el pronunciamiento del general Martínez Campos en Sagunto (diciembre 1874), Alfonso XII, hijo de Isabel II, fue proclamado rey.

Su reinado (1875-1885) tuvo como figura prominente a Cánovas del Castillo, quien logró poner fin a la guerra carlista (1876) y restablecer la paz en Cuba (1878). Promulgó la Constitución conservadora de 1876 y estableció el sistema de alternancia política mediante el cual su partido, el conservador, se turnó con el liberal fusionista de Sagasta.

En 1881 cedió el Gobierno a Sagasta y el tumo entre ambos partidos se mantuvo con toda regularidad hasta la crisis de 1898. A la muerte de Alfonso XII, se encargó de la regencia su esposa María Cristina (1885-1902), que tuvo que enfrentarse con las graves consecuencias de las pérdidas coloniales de Cuba y Filipinas.

Ante este desastre, la mayor parte de la sociedad española tomó conciencia de la debilidad del país y de la necesidad de grandes transformaciones. Pero las reformas del Gobierno se redujeron a simples proyectos, mientras los problemas fundamentales del país quedaban completamente abandonados.

La época de Alfonso XIII

Desde el comienzo del reinado de Alfonso XIII (1902- 1931) se inició el proceso de descomposición del régimen canovista, debido esencialmente a su incapacidad para asimilar las nuevas fuerzas políticas, surgidas después de 1898. A la muerte de Cánovas y Sagasta, los partidos turnantes entraron en un período de divisiones y luchas que les restó gran parte de su fuerza anterior.

Maura, la figura más prestigiosa del partido conservador, intentó algunas reformas, pero la brutal represión de los supuestos responsables de la revolución de Barcelona de 1909 (Semana Trágica) arruinó su carrera política.

Canalejas, principal personaje del partido liberal, se preocupó por reglamentar las relaciones entre la Iglesia y el Estado, puso las bases para poder conceder la Mancomunidad a Cataluña y preconizó una política realista para la expansión española en Marruecos.

A comienzos de la I Guerra Mundial contrastaba la vitalidad del movimiento catalanista y de los partidos republicanos con la endeblez de los partidos dinásticos; el movimiento obrero, encuadrado principalmente en dos grandes sindicatos, CNT y UGT, dio muestras de su fuerza y organización al llevar a cabo una huelga general de protesta contra la carestía en 1916.

Las consecuencias de la guerra agudizaron el desquiciamiento de la sociedad española, que desembocó en la crisis de 1917. Se inició con un amplio movimiento de descontento de la oficialidad del Ejército que, organizada en Juntas de Defensa, hizo pública su disconformidad con la política del Gobierno, exigiendo reformas inmediatas.

Prosiguió con las protestas de los grupos políticos antidinásticos, que urgían la convocatoria de Cortes Constituyentes; desoídas sus demandas, se reunieron en Barcelona (Asamblea de Parlamentarios) durante el mes de julio.

En agosto se desencadenó una huelga general revolucionaria que se extendió a toda España. El Gobierno pudo superar momentáneamente la crisis mediante hábiles maniobras que le permitieron impedir la cohesión de estos tres movimientos.

De 1917 a 1923 las tensiones se agudizaron. Se produjeron revueltas campesinas en Andalucía, y en Cataluña el sindicalismo obrero obtuvo grandes éxitos reivindicativos. Grupos de pistoleros, protegidos desde el Gobierno y organizados en los Sindicatos Libres pagados por la patronal, asesinaron a destacados dirigentes sindicales.

La CNT organizó a su vez grupos armados, y el terrorismo hizo acto de presencia en Cataluña, para extenderse después a las demás regiones españolas. Cuando a la ineficacia de los partidos dinásticos y al desorden social se unió el desprestigio del Ejército a causa del desastre de Annual, Alfonso XIII y las clases privilegiadas decidieron apoyarse en el Ejército.

Dictadura de Primo de Rivera. Primo de Rivera se pronunció en Barcelona (13 septiembre 1923) y fue reconocido inmediatamente por el monarca. Se anuló la Constitución de 1876 y todos los poderes pasaron a un Directorio militar, presidido por el general sublevado, que en 1925 se convirtió en Directorio civil. Primo de Rivera intentó organizar el nuevo Estado según las fórmulas que habían triunfado en Italia.

Así decretó la “supresión de la lucha de clases” y. en consecuencia, fue prohibida la huelga; aplicó una política represiva contra anarquistas y comunistas, contra los movimientos nacionalistas catalán y vasco y contra los políticos liberales, e intentó canalizar la vida política española a través de un partido único (Unión Patriótica), que tuvo escaso éxito.

Entre los logros de su gestión hay que señalar la pacificación de Marruecos (1925) y su política de obras públicas. Sin embargo, no emprendió reforma básica alguna y progresivamente fue perdiendo el apoyo popular de que había disfrutado en los primeros momentos de su gestión.

Primo de Rivera presentó la dimisión el 28 de enero de 1930, y Alfonso XIII encargó al general Berenguer la formación de un nuevo Gobierno, que restableció la Constitución de 1876. Sin embargo, la monarquía estaba ya desacreditada y se organizó una fuerte oposición (pacto de San Sebastián y levantamiento de la guarnición de Jaca).

Al dimitir el general Berenguer. fue sustituido en febrero de 1931 por el almirante Aznar, quien convocó elecciones municipales (12 abril), que dieron el triunfo en las grandes ciudades a la coalición de republicanos y socialistas.

Alfonso XIII. siguiendo el consejo de sus ministros y altos jefes militares y resucito a evitar una confrontación civil, decidió abdicar, y el 14 de abril quedó proclamada la 11 República española.

La II República y la guerra civil

Durante los tres primeros años, la nueva República, presidida por Alcalá Zamora y con Azaña como jefe de Gobierno, intentó sentar las bases de un estado democrático en cuyo marco quedaran garantizadas las autonomías regionales, la separación de la Iglesia y el Estado y un amplio programa de reformas (enseñanza, reforma agraria, etc.).

Pero el doble acoso a que se vio sometida por las organizaciones obreras, que exigían reformas radicales e inmediatas, y por las fuerzas conservadoras (levantamiento de Sanjurjo en 1932), junto con un excesivo anticlericalismo, que repugnaba a una parte importante de la sociedad española, y la lentitud de las reformas sociales, dificultó la consolidación del régimen republicano, y en las elecciones de noviembre de 1933 los partidos de centro-derecha obtuvieron una mayoría aplastante,

El viraje hacia la derecha que dio el nuevo Gobierno durante el bienio negro, con la anulación de muchas medidas de la etapa anterior, provocó las sublevaciones de Asturias y Cataluña (octubre de 1934), cuya represión vino a representar el primer acto del drama que se iniciaría el 18 de julio de 1936.

El régimen de Franco

El 1. de abril de 1939 finalizó la guerra civil con la victoria de las fuerzas del Movimiento Nacional. En los años siguientes fueron promulgadas una serie de leyes que desarrollaron los principios del Movimiento (Fuero de los Españoles, 1945; Ley de Sucesión a la Jefatura del Estado, 1947).

En cuestiones exteriores España se enfrentó con una situación internacional sumamente desfavorable por las perspectivas bélicas en Europa. Durante la II Guerra Mundial se mantuvo neutral y únicamente fue enviada al frente ruso la División Azul de voluntarios españoles. Franco se entrevistó con Hitler en Hendaya en octubre de 1940 y con Mussolini en Bordighera (Italia) en febrero de 1941 y consiguió mantener la neutralidad española.

Al término de la II Guerra Mundial y como resultado de los acuerdos de Potsdam y de la conferencia de San Francisco. España sufrió un aislamiento diplomático internacional y le fue negada la entrada en la ONU, situación que perduró hasta 1950, en que la Asamblea General de las Naciones Unidas, reunida en Nueva York el 4 de noviembre, decidió levantar el bloqueo, lo que permitió el ingreso de España en numerosos organismos internacionales.

Las relaciones con Portugal se mantuvieron dentro de una gran cordialidad, derivada del tratado de amistad y no agresión firmado por los dos países en 1939, y consolidado por la entrevista Franco-Salazar en mayo de 1942. en la que se constituyó el Pacto Ibérico.

Acontecimientos importantes de los años 50 fueron el Concordato con la Santa Sede de 1953 y el tratado hispano-estadounidense del mismo año, en virtud del cual España recibió ayuda económica y se instalaron en territorio español bases militares estadounidenses.

En 1955 España ingresó en la Organización de las Naciones Unidas (ONU). La ayuda norteamericana, un gran desarrollo turístico y las remesas de los trabajadores españoles en el extranjero condicionaron los Planes de Desarrollo, que a partir de 1963 cambiaron la fisonomía del país.

En 1964 se iniciaron los primeros contactos con la URSS y en los años siguientes se incrementaron las relaciones comerciales con los países del Este. España buscó también su integración en la Comunidad Económica Europea (CEE) y en 1970 obtuvo un acuerdo preferencial.

En 1966 se promulgó la ley de Prensa y se celebró el referéndum sobre la ley Orgánica del Estado, en 1968 se promulgó la ley sobre Libertad Religiosa y en julio de 1969 tuvo lugar la designación como sucesor del jefe del Estado, a título de rey. del príncipe Juan Carlos de Borbón. nieto de Alfonso XIII.

La transición hacia la democracia

El aperturismo político se inició con el presidente del Gobierno. Anas Navarro, quien sustituyó a Carrero Blanco, víctima de un atentado de la organización terrorista ETA 11973 El príncipe Juan Carlos, a causa de dos graves enfermedades de Franco, tuvo que asumir interinamente la jefatura del Estado por dos veces (19 julio-2 septiembre 1974 y 30 octubre-20 noviembre 1975).

En este mismo período se agravó el problema de la descolonización del Sahara, que se resolvió en noviembre de 1975 con el acuerdo de Madrid entre España. Marruecos y Mauritania. Tras la muerte de Franco (20 noviembre 1075) y la breve intervención del Consejo de Regencia, el príncipe fue proclamado rey con el nombre de Juan Carlos I (22 noviembre). Arias Navarro, confirmado en su cargo, formó nuevo Gobierno el 13 de diciembre de 1975.

Sin embargo, el peso real de las estructuras e instituciones del franquismo y la evidente incapacidad de Arias Navarro para impulsar el cambio dieron lugar a un período de ambigüedades, tensiones e incertidumbres.

La dimisión de Arias Navarro (1 julio 1976) y la designación de Adolfo Suárez por el rey para formar el segundo Gabinete de la Monarquía marcaron el inicio de una etapa de transición a la democracia que implicó el desmantelamiento progresivo de las instituciones del régimen anterior, la aprobación de una ley de reforma política por las últimas Cortes del franquismo (noviembre 1976), que firmaron así su propia sentencia de muerte, y el anuncio por Suárez de unas elecciones. La citada ley de reforma política fue aprobada en referéndum por abrumadora mayoría (15 diciembre 1976).

historia transición política España

La legalización de todos los partidos políticos (incluido el Partido Comunista de España) y de las organizaciones sindicales clandestinas, la publicación de la ley electoral (marzo 1977) y una campaña electoral animada precedieron la celebración de las primeras elecciones democráticas en España desde febrero de 1936.

En ellas (15 junio 1977) se produjo el triunfo de la Unión de Centro Democrático (UCD), partido de centro- derecha respaldado por el presidente Suárez. seguido de cerca por el Partido Socialista Obrero Español (PSOE).

Suárez, reforzado en el poder por el resultado de los comicios, inauguró las nuevas Cortes el 22 de julio de 1977, y su Gobierno concedió regímenes preautonómicos a Cataluña y País Vasco. Por otro lado, la grave crisis económica llevó a Suárez a buscar un amplio acuerdo con todas las fuerzas políticas con representación parlamentaria (Pacto de la Moncloa. octubre 1977).

La Ley de Amnistía aprobada ese mismo mes reforzó el consenso nacional, y siguiendo esta misma línea pactista se elaboró la Constitución, refrendada por el pueblo español el 6 de diciembre de 1978.

En las elecciones legislativas del 1° de marzo de 1979 triunfó UCD, aunque sin lograr la mayoría absoluta, y el PSOE quedó como principal partido de la oposición, pero en las municipales la izquierda (PSOE y PCE) logró controlar los ayuntamientos de las grandes ciudades. A lo largo de 1979 y 1980 los sucesivos Gobiernos de Suárez tuvieron que afrontar una profunda crisis económica y el incremento del terrorismo.

Como elemento positivo de esta etapa cabe reseñar la aprobación de los estatutos de autonomía para Cataluña y País Vasco (1979), dentro del proceso de edificación del “Estado de las autonomías” diseñado por la Constitución de 1978.

En las dos citadas nacionalidades se celebraron elecciones para sus respectivos Parlamentos, en las que triunfaron las fuerzas nacionalistas(1980). Ante la oposición del ala derecha de su partido. Suárez dimitió (enero de 1981) y le sucedió Leopoldo Calvo Sotelo, cuya investidura se vio alterada por un intento de golpe militar, encabezado por el general Jaime Milans del Bosch y el teniente coronel Antonio Tejero (23 de febrero de 1981). La decisiva intervención del rey Juan Carlos I abortó la intentona golpista.

Gobierno del Partido Socialista Obrero Español

Las divisiones internas de UCD contribuyeron a la victoria del PSOE. en las elecciones de octubre de 1982, con una mayoría absoluta que revalido en los comicios de 1986 y 1989. Los sucesivos Gobiernos de Felipe González realizaron una positiva política de modernización legislativa e institucional. En el terreno económico, no obstante, su política de ajuste provocó amplias protestas y dos huelgas generales.

En 1986 España entró en la Comunidad Europea y. consolidada la democracia, se normalizaron las relaciones internacionales y la presencia española en Europa (tratado de Maastricht, 1992), a partir del otoño de 1992, la crisis económica (tres devaluaciones sucesivas de la peseta) y las acusaciones de financiación irregular del partido (caso FILESA) provocaron un rápido deterioro de la popularidad del Gobierno.

Aun así, el PSOE se impuso en las elecciones de junio de 1993, y González pudo seguir gobernando en minoría, con el apoyo de los nacionalistas catalanes. Varios escándalos de corrupción, que afectaron, entre otros, al director general de la Guardia Civil; las escuchas ilegales del CESID y las revelaciones sobre la guerra sucia contra ETA (caso GAL) provocaron la mayor crisis política desde la llegada del PSOE al poder y las dimisiones del vicepresidente del Gobierno, Narcís Serra. y del ministro de Defensa (1995).

Alternancia política

Tras las elecciones anticipadas de marzo de 1996, en las que el PP obtuvo una mayoría relativa e insuficiente, José María Aznar formó Gobierno con el apoyo parlamentario de los grupos nacionalistas catalán (CiU), vasco (PNV) y canario (Coalición Canaria).

El nuevo gabinete abordó la privatización de empresas públicas en el ámbito económico, logró un acuerdo de la patronal con los sindicatos para la reforma del mercado de trabajo (1997) y renovó el pacto de unidad frente al terrorismo.

Pero ETA prosiguió su ofensiva criminal hasta que, por primera vez en su historia, en septiembre de 1998 declaró una tregua unilateral e ilimitada para negociar el fin definitivo de la violencia; sin embargo, al no llegar a ningún acuerdo con el Gobierno español, en noviembre de 1999 anunció el final de la tregua. El Partido Popular obtuvo la mayoría absoluta en las elecciones de marzo de 2000 y Aznar fue reelegido presidente del Gobierno.

La crisis de las “vacas locas” causó pérdidas a los ganaderos. perturbó los precios de los productos cárnicos y afectó a la credibilidad de los ministerios de Sanidad y Agricultura. En enero de 2001 entró en vigor una nueva ley de extranjería, más restrictiva que la de 2000.

Ante la escalada terrorista, estos dos partidos firmaron un pacto por las libertades (diciembre 2000), al que se sumaron otras formaciones no nacionalistas. En abril de 2001 el Congreso aprobó el Plan Hidrológico Nacional (PHN), que previo el trasvase de 1.050 hectómetros cúbicos de agua del Ebro hacia Barcelona, la Comunidad Valenciana, Murcia y Almería. El proyecto provocó manifestaciones de protesta y la oposición del PSOE y de algunas comunidades autónomas, especialmente Aragón.

El Gobierno español ofreció su colaboración a EE.UU. tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y Washington, y participó en la coalición antiterrorista internacional. Asimismo, apoyó la intervención militar estadounidense en Afganistán (octubre 2001). A fines de enero de 2002 un contingente de soldados españoles se integró en la fuerza internacional de pacificación del país.

El 1 de enero de 2002 la peseta dejó de ser la unidad monetaria nacional y fue sustituida por el curo, moneda común a partir de ese día de doce países de la Unión Europea.

La actividad diplomática se intensificó, con la presidencia semestral española (enero-junio de 2002) y la celebración en Sevilla del Consejo Europeo (21 de junio), pero este último se vio ensombrecido por la convocatoria de huelga (20 de junio) realizada por los sindicatos CC.OO y UGT en respuesta al decreto ley del Gobierno que contempla la reforma del sistema de protección del desempleo y del paro. A su vez. José María Aznar abordó (9 de julio) la más amplia remodelación del Gobierno que afectó a numerosas carteras desde su llegada a la Moncloa en 1996.

En noviembre de 2002, la península sufrió el mayor desastre ecológico de la historia a causa del vertido de fuel del petrolero Prestige que se hundió a unos 200 km de la costa gallega y que provocó una marea negra que se extendió por todo el litoral norte (Galicia, Cantabria, Asturias y País Vasco) y afectó la costa francesa y portuguesa.

España dio apoyo logístico a la coalición militar de EE.UU. y Gran Bretaña en la guerra contra Iraq declarada en marzo de 2003 para desalojar del poder a Saddam Husayn. Finalizada la guerra, a mediados del mes de abril, España se integró en la división multinacional establecida en la zona centro-sur, con un contingente de más de 1.000 soldados.

Un múltiple atentado terrorista en la red ferroviaria de cercanías de Madrid (11 marzo 2004), reivindicado por una célula de al-Qaeda, que causó la muerte de 190 personas y heridas a más de 1.000, conmocionó a todo el país tres días antes de las elecciones generales. En un principio el Gobierno de España atribuyó el atentado a ETA. descartando la pista islámica, en medio de acusaciones de manipulación por parte de la oposición y de los medios.

Este clima marcó las elecciones generales del día 14 que dieron la victoria al Partido Socialista; José Luis Rodríguez Zapatero fue investido presidente con el apoyo de Izquierda Unida.

Esquerra Republicana de Catalunya. Chunta Aragonesista, Bloque Nacionalista Galego y Coalición Canaria, y formó un Gobierno monocolor socialista. Cumpliendo su promesa electoral, Rodríguez Zapatero retiró las tropas de Iraq y suspendió el Plan Hidrológico Nacional (PHN).

El actual rey de España, Felipe VI de Borbón y Grecia, contrajo matrimonio con Letizia Ortiz en la catedral de Santa María Real de la Almudena de Madrid el 22 de mayo de 2004.

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