Historia del acebo y el muérdago

Entre los elementos vegetales navideños sobresalen el acebo y el muérdago. Pero, ¿qué tienen que ver con la Navidad? Su valor simbólico es anterior al cristianismo. El acebo es un árbol de madera tan pesada que se hunde en el agua, lo que fue interpretado por los antiguos como augurio de resistencia e incorruptibilidad.

Al bastón de acebo se le atribuyó la virtud de que los estacazos dados con él resultaran mortales para quien los recibía, según cuentan los autores antiguos. Otra virtud del acebo estribó en lo lustroso de sus hojas, cualidad que dio a esta planta uso ornamental parecido al que tuvo el laurel y la verbena.

Plinio, naturalista latino del siglo I, habla del aquifolium, término del que deriva la palabra, árbol evocador de fiesta y desenfreno aún en el XVII, en que Lope de Vega escribe: “Coronados están de verde acebo dos sátiros lascivos…

La cultura antigua rodeó de sacralidad al acebo por tres razones: con su verdor perenne simbolizó la eternidad; con sus rojas bayas evocó la sangre, indicio supremo de vida, y con las púas o espinas que la protegen aludió al hecho de que cuesta alcanzar todo cuanto es valioso.

Tuvo además connotaciones mágicas, y se le rodeó de un aura protectora: los setos y cercas de acebo, de endrino y espino negro sirvieron antaño para vallar villas, mansiones e incluso granjas; porque aislaban la casa de intrusos y la protegían de acechanzas de brujas y aojadores.

El simbolismo cristiano adaptó a la nueva religión costumbres y creencias paganas. El acebo está siempre verde, color de eternidad, como eterna iba a ser la Iglesia; las bayas rojas significaron la sangre vertida por Cristo para salvación de los hombres, y las espinas recordaban la Pasión del Señor, consideraciones que tienen que ver con el uso que de la hoja de acebo hizo la liturgia cristiana.

Desde entonces, esta planta ha jugado papel importante en los ciclos litúrgicos, lo que puso en el ánimo de los fieles que mientras mayor fuera la cantidad de acebo presente en una casa por Navidad mayor será la alegría y más protegida estará. También te puede gustar conocer la historia del árbol de Navidad.

Pero al margen del simbolismo religioso, el acebo tuvo usos prácticos: todavía a principios del XX sus hojas servían como sucedáneo del té, mientras su fruto era utilizado como purgante; el cocimiento de su raíz y corteza tienen virtud emoliente y en general todo el árbol resulta de provecho: “Más malo que la retama y más bueno que el acebo”, solían decir las personas mayores cuando juzgaban la condición de una persona o cosa.

Con el advenimiento de su triunfo en el siglo IV la Iglesia sustituyó el muérdago por el acebo. Del muérdago, rama dorada que ardía con resplandor maravilloso según dice Virgilio en la Eneida, cuenta Plinio que los druidas lo cortaban con una pequeña hoz de oro. Tal vez quieras saber de dónde viene el oro.

En Roma se colgaban ramitos de muérdago para decorar el interior de las casas durante las fiestas del natalicio del Sol, o Natalis solis invicti, el 25 de diciembre, fecha que dio lugar a la Navidad con el cristianismo.

Esta hierba sagrada tenía además usos prácticos: se empleó como remedio contra la esterilidad de la mujer y antídoto contra los venenos (como el de las víboras); se creyó asimismo que sus ramas secas servían para hallar tesoros ocultos, creencia de la cual deriva la costumbre anglosajona de dar licencia para besar a quien se encuentre debajo de una ramita de muérdago.

¿Tiene el muérdago algo que ver con la Navidad? Realmente, no. Como dijimos, la Iglesia, poder emergente tras la conversión de Constantino I el Grande, lo suprimió porque evocaba costumbres y creencias paganas.

No obstante esta prohibición, en los países anglosajones, más próximos al atavismo celta, el muérdago tuvo y tiene un particular sentido. Entre los celtas, sus sacerdotes recogían con solemnidad el muérdago de los troncos y ramaje de las encinas a comienzos del invierno, y distribuían entre los concurrentes el agua donde había estado sumergido por considerarse que tenía virtud de purificar, conjurar hechizos, mal de ojo y curar males del alma y del cuerpo.

La Medicina medieval enraizada en las creencias médicas antiguas creyó que sus bayas acumulan energía. Eso pensó el médico y alquimista más famoso del siglo XVI, Paracelso, convencido de que esta planta obra curaciones milagrosas: de hecho, en alemán el término para muérdago es mistel = panacea. Fue usado contra la epilepsia, y en polvo facilitaba la evacuación del vientre.

Todavía a principios del XX se colgaba del cuello del niño una ramita de muérdago como amuleto contra maleficios, teniéndose tanta fe en ello que llegó a llamársele “leño de la Santa Cruz del Señor” o lignum crucis.

Su pervivencia como planta mágica está viva en Alemania, donde aún se cree que la casa de cuyo techo cuelga el muérdago está protegida del fuego, y es tan firme esta convicción que incluso las compañías de seguros hacen descuentos. Si te interesa puedes ver la historia de los seguros.

En cuanto a la tradición de besar a quien está bajo una ramita de muérdago, es costumbre ya practicada en el siglo II a.C. en Gran Bretaña. Un cúmulo de razonamientos explica aquella actitud: con el zumo de esta planta parásita dice la leyenda que logró embarazarse la madre de Zoroastro, fundador del mazdeísmo persa en el VI a.C., convicción que tuvo repercusiones en otras latitudes.

En Escandinavia el muérdago estuvo consagrado a Frigga, diosa del amor, y en general los bárbaros lo consagraron al dios de la primavera, y se consideraba planta de buena suerte. Tuvo fama como afrodisíaco, y todavía en el siglo XVIII el marqués de Sade consumía muérdago para prolongar su vida sexual. También te puede interesar la historia del preservativo.

No hay que olvidar que muérdago, dicho “mordago” en el siglo X, procede del latín mordicus = mordedor (todavía hay quien dice, de forma más bien basta, “muerdo” a un tipo de beso combinado con el mordisco).

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